miércoles, 31 de marzo de 2010

Las estrellas del Cielo

Los sueños por muy imposibles que parezcan poderse conseguir, con constancia se consiguen y perseverancia. Aunque no precisament el de tocar estrellas.

Hoy les dejó con "las estrellas del cielo", cuento tradicional inglés.


Hubo una vez, hace mucho, mucho, mucho tiempo, una niña que soñaba con alcanzar las estrellas, es decir, tocarlas con sus manos.
En las noches claras sin luna, asomada a la ventana de su dormitorio,
las admiraba en silencio pensando qué es lo que se sentiría teniendo
una entre las manos.

Así las cosas, cierta noche de estío, la niña llegó a la conclusión de
que debía tocar por lo menos una o dos y para ello tenía que ponerse en
camino hasta llegar a ellas.

Dicho y hecho, saltó por la ventana y empezó a andar, y anda que te
andarás llegó a un viejo molino cuya rueda chirriaba escandalosamente.

Dándole las buenas noches, la niña le pregunto si la rueda sabía como
podría jugar con las lejanas estrellas pues para eso había emprendido
la caminata.

La rueda le respondió que las encontraría bañándose en el estanque
cercano donde por la noche brillaban hasta el punto de no dejarla
dormir con su resplandor.

La niña saltó al estanque pero por más que nadó, e incluso buceó, le
fue imposible encontrarlas. Muy decepcionada se lo dijo después a la
rueda de molino, que vieja y gruñona, repuso:

-No me extraña, has removido tanto el agua que las has asustado y se han ido.

Entonces la niña, desilusionada, prosiguió su camino.









Anda que te andarás, llegó a un verde prado en el que se sentó a
descansar, dándose cuenta entonces de que el prado pertenecía a las
hadas y a los elfos que lo llenaban por doquier corriendo, volando o
bien danzando sobre el pasto.

Saludándolas muy educadamente la niña les preguntó si habían visto
estrellas por allí ya que tenía mucho interés en alcanzar alguna.

Las hadas le replicaron que sí, que relucían todas las noches entre los tallos de la hierba. Dijeron:

-Ven a danzar en nuestra compañía y encontrarás todas las estrellas que desees.

Mas aunque la niña bailó con ellas en su alegre corro, no halló ninguna
estrella, y dejándose caer agotada al suelo, lloró dirigiéndose a las
hadas que la rodeaban en círculo:

-Por más que lo intento no lo consigo. Si no me ayudáis nunca podré jugar con las estrellas.

Las hadas hablaron bajito entre si, y finalmente una se acerco a la llorosa criatura para aconsejarla:

-Que tu ánimo no desmaye; si lo deseas puedes conseguirlo, todo es
cuestión de voluntad. Ves camino adelante y cuando encuentres a Cuatro
Patas, que te lleve hasta Sin Patas y entonces le ruegas a Sin Patas
que te conduzca hasta la Escalera sin escalones por la que debes subir.

Muy contenta la niña partió con ánimo ligero llegando finalmente a donde estaba un caballo atado a un árbol.

-Buenas noches –saludó por tercera vez-, deseo tocar las estrellas del
cielo y he caminado tanto, tanto, que me duele todo el cuerpo, ¿serías
tan amable que me permitieses montar en tu lomo?

El caballo le dijo entonces que él no entendía de estrellas y que su misión consistía en obedecer a las hadas.

-Ellas me han hablado de ti y me han aconsejado que le diga a Cuatro Patas que me conduzca hasta Sin Patas.

-Pues mira por donde yo soy Cuatro Patas, sube a mi lomo y partiremos.

Y anda que te andarás, o, mejor dicho, cabalga que te cabalgarás, abandonaron el bosque llegando a la orilla del mar.

El caballo se despidió, ya había cumplido su misión, y la niña
prosiguió su marcha bordeando la orilla del mar y se decía qué más
podía pasar ahora y a quién encontraría que se llamara Sin Patas, y,
cuanto menos lo esperaba, un pez enorme como ella nunca había creído
que existieran, asomó la cabeza entre la espuma de las olas.

-Buenas noches –saludó la niña al pez-. Me gustaría tocar las estrellas con la mano, ¿puedes ayudarme a conseguirlo?

-No lo sé; si no me traes el permiso de las hadas no podré ayudarte –le contestó el pez.

-Pues lo tengo, y para que veas te trasmitiré el mensaje: debía
encontrar a Cuatro Patas que me conduciría a Sin Patas y éste hasta la
Escalera sin escalones.

-Esto es otra cosa –exclamó el pez-, venga, súbete a mi lomo y procura no caerte.

Navegaron, navegaron y navegaron precedidos por una estela dorada que
se dirigía hacia el lejano horizonte, allá donde el mar y el firmamento
se encuentran.

Entonces la niña vislumbró un bellísimo Arco Iris que saliendo del mar
llegaba hasta el cielo brillando en todo su esplendor y colorido.

Por fin alcanzaron el inicio del Arco Iris y la niña descubrió que se
trataba de un camino amplio y lleno de luz, que subía hacia la bóveda
celeste, y en lontananza, la chiquilla apercibió unas minúscula
lucecillas que daban la impresión de bailar.

-Hasta aquí hemos llegado –informó el pez-. Esa es la Escalera sin escalones. Ves con cuidado al subir, si es que puedes. Piensa que esta
escalera nunca se hizo para los piececitos de las niñas.

En cuanto la pequeña saltó del lomo de Sin Patas, éste desapareció en el mar.

La niña ascendió por el Arco Iris, tarea, por otra parte, nada sencilla, pues a cada escalón que subía le daba la sensación de bajar dos. Y aunque ascendió hasta que el mar quedó muy lejos, las estrellas seguían encontrándose remotas.

Pero ella se dijo ya que era muy animosa:

-No voy a echarme atrás; si he llegado hasta aquí no voy a volver sobre mis pasos.

Así que ascendió y ascendió, encontrando que el aire por momentos se volvía muy, muy frío, mas el firmamento brillaba intensamente, tanto que se dio cuenta de que estaba ya cerca de las estrellas.

-¡Lo estoy consiguiendo! –gritó.

Y sin vacilar llegó repentinamente al final del Arco Iris. En torno suyo, mirase por donde mirase, las estrellas daban vueltas y bailaban.
Era una danza que tan pronto subía como bajaba, igual que las hojas cuando las mueve el viento, y giraban a su alrededor lo mismo que un torbellino, entre los destellos de miles de colores.

-Finalmente las alcancé –se dijo-. En toda mi vida había contemplado algo tan bonito.


Entonces se dio cuenta de que estaba helada y al mirar en dirección a sus pies entre las sombras, le fue imposible ver la Tierra.

La pequeña tembló de miedo.



-Pero no me marcharé sin antes acariciar una estrella– y así diciendo
con decisión se puso en puntas de pie extendiendo los brazos tanto como
le fue posible. Y ya estaba próxima a lograr su empeño, cuando, el paso
raudo de una estrella la sorprendió hasta el punto que le hizo perder
el equilibrio y hybdirse en el vacío.

Fue cayendo, cayendo, cayendo, Arco Iris abajo y más iba bajando más
templado era el aire y más somnolienta se sentía, y entre bostezos y
suspiros quedóse profundamente dormida.


Al despertar se encontró de nuevo en su camita. Lucía el sol en la ventana y las aves mañaneras cantaban en los árboles y entre las flores
del jardín.

-¿De veras estuve entre las estrellas y las toqué, o no ha sido más que un sueño?

Inesperadamente notó algo en la palma de su mano, y cuando la extendió,
el brillo de una luz centelleó para desvanecerse enseguida.

La niña, muy feliz, pudo darse cuenta en ese momento de que no se engañaba; aquel era el polvo de las estrellas y ella las había tocado
con sus manos, no se trataba de un sueño.

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