sábado, 6 de marzo de 2010

El pequeño heroe de Haarlem



¡Hola! Me llamo Antoine y naci en un país muy lejano de aquí que se llama Holanda.

En mi país pasa una cosa que no sucede en ningún otro y es que la tierra esta más abajo que el mar. Sí, sí, los holandeses tenemos un país muy pequeño y por eso nos las hemos tenido que ingeniar la manera de construir una especie de grandes murallas, unas paredes muy altas y gruesas por todas partes donde las oleadas podrían cubrir la tierra; y estas murallas detienen el mar y así tenemos el país un poco mayor porque hemos cogido tierra al mar. Estas grandes murallas se llaman diques y son tan anchas como una carretera.

Ya podéis comprender que estas paredes tienen que ser muy fuertes porque dependen los sembrados, las masías y las vidas de los habitantes de Holanda. Hasta las criaturas más pequeñas saben que una grieta en los diques sería horrible.

Cerca de la villa de Haarlem, tan conocida por sus tulipanes, vive un muchacho que se llama Hans. Un día, con su hermanito se fueron a pasear por los diques.
Llegaron muy lejos, muy lejos, tan lejos que ya no se veían casas ni masías, sólo campos de cebada y flores campesinas.

En Hans estaba cansado. Se subió encima del dique y se sentó, mientras su hermano se quedaba abajo cogiendo violetas.

De repente el hermanito le llamó:
- ¡Hans, ven! ¡Mira qué hoyito más pequeño! Salen unas burbujas como si fueran de jabón.

- ¿Un agujero? ¿Dónde? -preguntó en Hans.

- ¡Aquí mismo, al dique! -hizo al pequeño. El agua pasa.

- ¡A ver!

- ¡Y ahora! -llamó en Hans. Y dejándose resbalar abajo lo miró.

Era un hoyito, un hoyito muy pequeño que dejaba salir una gota de agua como una burbuja.

- ¡Un agujero en el dique! -dijo en Hans al cual se asusta. ¿Cómo nos lo haremos?

Miró hacia la derecha: nadie; hacia la izquierda: nadie; por todos lados, tan lejos cómo le abarcaba la vista: no había ni un alma en ningún sitio.

Y el pueblo estaba lejos, tan lejos...

En Hans volvió a mirar el agujero; todo gotas iban saliendo: ¡glop, glop, glop!

En Hans sabía que el agua agrandaría bien pronto el agujero si no lo tapaban rápidamente. ¿Qué haría pues? ¿Correría hacia la villa? ¿Y mientras tanto qué? Ahora las gotas ya eran como un hilillo de agua que chorreaba sin detenerse y, en torno al agujero, el cemento se iba humedeciendo. De repente, Hans tuvo una idea. Metió el índice en el agujero y lo tapó del todo. Entonces, dijo a su hermanito:


-Corre, corre, de prisa, Dieting! Dile a la gente que hay un agujero en el dique. Que se apresuren, que yo mientras lo tendre tapado hasta que lleguen.

El pequeño con la mirada de su hermano entendió que era un problema grave y empezó a correr tan rapido como pudo.

En Hans, arrodillado delante el miro, y con el dedo apretando sobre el agujero miraba como su hermano corría y cada vez se iba haciendo más diminuto.

Por otro lado, sentía el glo! glo! glo! del agua y, de tanto en tanto una ola más fuerte lanzaba unas gotas de espuma que le salpicaban el pelo.

Poco a poco, su mano se iba dando; intentó frotársela con la otra, pero cada momento se quedaba más fría. Miró el largo camino que llevaba a la villa: ¡ni un alma! El frío iba sintiendo por la espalda. Después, unos dolorosos pinchazos y unos fuertes temblores le empezaron por el dedo y le llegaban al codo. Le parecía que hacía horas y horas que su hermano se había marchado. Se encontraba tan solo y tan cansado... apoyó la cabeza contra el dique para coger uno pequeño de fuerza y le pareció que, en el otro lado, el mar murmuraba:

- Yo soy el océano. Nadie puede luchar contra mí. ¿Quién eres tú, chispa de muchacho, para privarme de pasar? Vale más que huyas.

El corazón de Hans latía con grandes latidos. ¡Que tardaban a venir! ¿No llegarían nunca?

Y el agua salpicaba contra el dique:

- ¡Pasaré, pasaré, pasaré! ¡Quedarás ahogado, ahogado, ahogado! ¡Huye, mientras estás a tiempo!

En Hans estuvo tentado de sacar el dedo. ¡Tenía tanto miedo! ¿Pero si lo retiraba, qué? El agujero se agrandaría y reventaría el muro. Apretó los dientes y apretó con dicho todavía más fuerte.

Y el agua salpicaba contra el dique:

- ¡Pasaré, pasaré, pasaré! ¡Quedarás ahogado, ahogado, ahogado! ¡Huye, mientras estás a tiempo!

En Hans estuvo tentado de sacar el dedo. ¡Tenía tanto miedo! ¿Pero si lo retiraba, qué? El agujero se agrandaría y reventaría el muro. Apretó los dientes y apretó con dicho todavía más fuerte.

- ¡No huiré, no huiré! -llamó. ¡Y no te dejaré pasar!

En aquel momento que se oyeron voces. Lejos, muy lejos del camino, se veía una polvareda y todo de gente que corría. Eran los hombres de la villa. Muy pronto reconoció a su padre y los vecinos. Llevaban palas y cenachos. Y todo corriente llamaban: "Ya venimos, ya venimos; ¡aguanta fuerte"!

Al cabo de un momento, ya estaban. Y cuándo vieron al pobre Hans, pálido de frío y de sufrimiento, corrieron a sacarlo de allí. Su padre lo tomó en brazos, le fregó los miembros entumecidos y los hombres le dijeron que era un verdadero héroe y que había salvado el pueblo.

Cuándo el dique quedó bien afirmado, volvieron a Haarlem llevando a Hans encima de los hombros.
Y tenéis que saber que esta historia yo os la he podido explicar porque vivo en Haarlem y en Hans es amigo mío.

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