domingo, 30 de mayo de 2010

El Enano Saltarín (Rumpelstilzchen)

Cuentan que en un tiempo muy lejano el rey decidió pasear por sus dominios, que incluían una pequeña aldea en la que vivía un molinero junto con su bella hija. Al interesarse el rey por ella, el molinero mintió para darse importancia:
- Además de bonita, es capaz de convertir la paja en oro hilándola con una rueca. El rey, francamente contento con dicha cualidad de la muchacha, no lo dudó un instante y la llevó con él a palacio.

Una vez en el castillo, el rey ordenó que condujesen a la hija del molinero a una habitación repleta de paja, donde había también una rueca: - Tienes hasta el alba para demostrarme que tu padre decía la verdad y convertir esta paja en oro. De lo contrario, serás desterrada. La pobre niña lloró desconsolada, pero he aquí que apareció un estrafalario enano que le ofreció hilar la paja en oro a cambio de su collar.

La hija del molinero le entregó la joya y... zis-zas, zis-zas, el enano hilaba la paja que se iba convirtiendo en oro en las canillas, hasta que no quedó ni una brizna de paja y la habitación refulgía por el oro. Cuando el rey vio la proeza, guiado por la avaricia, espetó:
- Veremos si puedes hacer lo mismo en esta habitación.
- Y le señaló una estancia más grande y más repleta de oro que la del día anterior.

La muchacha estaba desesperada, pues creía imposible cumplir la tarea pero, como el día anterior, apareció el enano saltarín:
- ¿Qué me das si hilo la paja para convertirla en oro? - preguntó al hacerse visible.
- Sólo tengo esta sortija - Dijo la doncella tendiéndole el anillo.
- Empecemos pues, - respondió el enano. Y zis-zas, zis-zas, toda la paja se convirtió en oro hilado.

Pero la codicia del rey no tenía fin, y cuando comprobó que se habían cumplido sus órdenes, anunció:
- Repetirás la hazaña una vez más, si lo consigues, te haré mi esposa
- Pues pensaba que, a pesar de ser hija de un molinero, nunca encontraría mujer con dote mejor. Una noche más lloró la muchacha, y de nuevo apareció el grotesco enano:
- ¿Qué me darás a cambio de solucionar tu problema? - Preguntó, saltando, a la chica.
- No tengo más joyas que ofrecerte - y pensando que esta vez estaba perdida, gimió desconsolada. - Bien, en ese caso, me darás tu primer hijo - demandó el enanillo.

Aceptó la muchacha: “Quién sabe cómo irán las cosas en el futuro” - Dijo para sus adentros. Y como ya había ocurrido antes, la paja se iba convirtiendo en oro a medida que el extraño ser la hilaba.

Cuando el rey entró en la habitación, sus ojos brillaron más aún que el oro que estaba contemplando, y convocó a sus súbditos para la celebración de los esponsales.

Vivieron ambos felices y al cabo de una año, tuvieron un precioso retoño. La ahora reina había olvidado el incidente con la rueca, la paja, el oro y el enano, y por eso se asustó enormemente cuando una noche apareció el duende saltarín reclamando su recompensa.

- Por favor, enano, por favor, ahora poseo riqueza, te daré todo lo que quieras.
- ¿Cómo puedes comparar el valor de una vida con algo material? Quiero a tu hijo - exigió el desaliñado enano. Pero tanto rogó y suplicó la mujer, que conmovió al enano: - Tienes tres días para averiguar cuál es mi nombre, si lo aciertas, dejaré que te quedes con el niño.

Por más que pensó y se devanó los sesos la molinerita para buscar el nombre del enano, nunca acertaba la respuesta correcta. Al tercer día, envió a sus exploradores a buscar nombres diferentes por todos los confines del mundo. De vuelta, uno de ellos contó la anécdota de un duende al que había visto saltar a la puerta de una pequeña cabaña cantando: - “Yo sólo tejo, a nadie amo y Rumpelstilzchen me llamo”


Cuando volvió el enano la tercera noche, y preguntó su propio nombre a la reina, ésta le contestó: - ¡Te llamas Rumpelstilzchen! - ¡No puede ser! - gritó él -
¡No lo puedes saber! ¡Te lo ha dicho el diablo! - Y tanto y tan grande fue su enfado, que dio una patada en el suelo que le dejó la pierna enterrada hasta la mitad, y cuando intentó sacarla, el enano se partió por la mitad.

sábado, 29 de mayo de 2010

El granjero y el tokaebi


Los monstruos tokaebi son originarios de Corea. Son grandes y feos y siempre están incordiando a las personas. ¿Queréis saber qué hicieron esta vez?

Hace mucho tiempo en Corea, vivía un granjero con su esposa. Una noche, mientras comían arroz y kimchee en su humilde cocina oyeron unos unos gritos y notaron cómo la tierra temblaba.
Con mucho miedo, abrieron la puerta y vieron unos monstruos tokaebi. Estaban bailando, gritando y peleándose delante de su casa. El granjero se armó de valor y dijo:

- "Salid de aquí, ésta es nuestra casa"
- "Ja, ja, ja"- se rió el tokaebi más grande- ¡Ésta ya no es tu casa, es nuestra casa!".

El granjero volvió a decirles que se fueran porque ésa era su tierra, pero los monstruos tokaebi se rieron de él, pero finalmente, el jefe de los monstruos Tokaebi se le ocurrió una idea.

- Veamos, granjero, tú dices que esta tierra es tuyo y yo digo que es nuestra. Te propongo hacer un concurso. Quién gane, se queda la casa y quien pierda, se va.

Aunque al granjero le pareció muy injusto porque la casa era suya, no le quedó más remedio que aceptar la proposición del tokaebi pero con la condición de que cada uno de ellos creara una prueba del concurso.
El tokaebi más grande, se lo pensó un momento y acariciando sus cuernos dijo:

-"¿Cuántos boles se necesitarían para vaciar el mar?"
El granjero se miró al Tokaebi y después de pensar un rato dijo:
- "Depende del tamaño del bol. Si tienes un bol enorme y del tamaño del mar, sólo necesitarías un bol. Si tienes un bol de la mitad del tamaño del mar, necesitarías dos."
El tokaebi se enfadó porque el granjero había respondido sabiamente. Y esperó la pregunta del granjero.
El granjero se puso en el umbral de su puerta con un pie dentro y un pie fuera. Entoces preguntó al tokaebi:
- "¿Estoy entrando o estoy saliendo?"

El tokaebi le miró furioso porque cualquier respuesta sería incorrecta. Así que él y el resto de tokaebis se fueron a regañadientes. ¡El granjero les había ganado!

viernes, 28 de mayo de 2010

El ciervo, la tortuga y el pájaro





Muchas veces uno solo no puede hacerlo todo y necesita la ayuda de sus amigos. Descubre cómo el ciervo, la tortuga y el pájaro se ayudan los unos a los otros para salvarse de un cazador.


Había una vez tres amigos: un ciervo, una tortuga y un pájaro.

Un día, mientras caminaba por el bosque, el ciervo quedó enredado en una red que había colocado un cazador. El ciervo intentó deshacerse de la red, pero al ver que él solo no podía, pidió ayuda a su amiga la tortuga. Ésta se dirigió donde estaba el ciervo atrapado, y empezó a roer las cuerdas una a una para liberarlo.

La tortuga, concentrada en roer las cuerdas, no se dio cuenta de que estaba amaneciendo, pero el cazador, que ya se había despertado, salió de su casa con el arco preparado para ir a recoger a su presa. El pájaro, que lo había visto todo, se puso a revolotear por encima de la cabeza del cazador para distraerle, y así darle tiempo a la tortuga para liberar totalmente al ciervo.

Cuando el cazador llegó al sitio donde había colocado la red y vio que estaba rota y vacía, se enfadó tanto que se dispuso a dispararle una flecha al pájaro. Pero en ese momento, la tortuga le mordió un dedo del pie y el pájaro pudo escapar. Entonces, el cazador cogió a la tortuga, la metió en su bolsa y se fue.

A mitad de camino, al cazador le entró hambre y se sentó bajo un árbol a comer. Aprovechando que estaba distraído, el ciervo se acercó por detrás sin hacer ruido y, muy despacio, levantó la bolsa donde estaba la tortuga con sus cuernos y huyó lejos del cazador, donde el pájaro ya los estaba esperando. En cuanto llegaron, el pájaro se lanzó encima de la bolsa y empezó a picotearla hasta que consiguió liberar a la tortuga.

Y así fue como, ayudándose unos a otros, consiguieron salvarse los tres amigos

jueves, 27 de mayo de 2010

miércoles, 26 de mayo de 2010

El príncipe Danilo


Érase una princesa que tenía un hijo y una hija; los dos eran sanos y guapísimos. Un día vino a visitarla una vieja bruja, que se puso a alabar a los niños, y al despedirse, dijo:

-Querida amiga mía: he aquí un anillo; ponlo en el dedo de tu hijo, porque le traerá suerte y siempre será rico y feliz; pero que tenga cuidado de no perderlo y de no casarse más que con la joven a la que el anillo se le ajuste exactamente.

La princesa agradeció mucho el regalo, no sospechando la mala intención de la bruja, y al llegar la hora de su muerte legó a su hijo el anillo, obligándose a casarse con la joven a la cual éste se le ajustase exactamente.

Así transcurrieron unos cuantos años, y el príncipe cada día era más fuerte y guapo.

Al fin llegó a la edad de casarse; púsose en busca de novia. Primero le gustó una, luego se enamoró de otra; pero a ninguna le venía bien el anillo; o era demasiado grande o demasiado pequeño.

Viajó de una ciudad a otra, de un pueblo a otro de su reino e hizo ensayar el anillo a todas las jóvenes; pero no logró encontrar a su prometida y volvió a casa triste y pensativo.

-¿En qué estás pensando, hermanito?¿Por qué estás tan triste? -le preguntó su hermana.

Éste le contó su desgracia.

-Pero ¿cómo es ese anillo maravilloso que no hay joven a quien le sirva? -exclamó la hermana-. Déjame ensayarlo.

Se lo puso, y le entró tan justamente como si hubiese sido hecho de propósito para su manita.

El príncipe, viendo brillar el anillo en el dedo de su hermana, exclamó con júbilo:

-¡Oh hermanita! ¡Tú eres mi prometida! Me casaré contigo.

-¿Has perdido el juicio? ¿Quién sería capaz de casarse con su propia hermana? Dios te castigaría.
P
ero el príncipe no hacía caso de estas palabras y, saltando de alegría, le ordenó que se preparase para la boda.

La pobre joven salió de la habitación llorando desconsoladamente, se sentó en el umbral de la puerta y sus lágrimas corrieron en abundancia. Pasaban por allí dos ancianos, y la joven los invitó a entrar en palacio para darles de comer. Ellos le preguntaron la causa de su desconsuelo y la joven les contó la desgracia que le ocurría.

-No llores ni te entristezcas, hijita -le dijeron los ancianos-. Ve a tu habitación, haz cuatro muñecas, ponlas en los cuatro rincones del cuarto, y cuando tu hermano te llame para que vayas con él a la iglesia contéstale así: «Voy en seguida; pero no te muevas».

Los ancianos se marcharon y el príncipe, poniéndose su traje de gala, llamó a su hermana para que fuese con él a casarse. Ella le contestó:

-¡Voy en seguida, hermanito! ¡Tengo que ponerme los zapatitos!

Y las muñecas, sentadas en los cuatro rincones de la habitación, contestaron a coro:
-¡Cucú, príncipe Danilo! ¡Cucú, hermoso! El hermano quiere casarse con la hermana.
¡Que se abra la tierra y se hunda la hermana!
La tierra empezó a abrirse y la joven empezó a hundirse poco a poco. El príncipe llamó por segunda vez:

-¡Hermana, vamos a casarnos!

-¡En seguida, hermanito! Estoy atándome la faja.

Las muñecas cantaron otra vez:
-¡Cucú, príncipe Danilo! ¡Cucú, hermoso! El hermano quiere casarse con la hermana. ¡Que se abra la tierra y se hunda la hermana!
La joven seguía hundiéndose y ya sólo se le veía la cabeza. El príncipe llamó por tercera vez:

-¡Hermana, vamos a casarnos!

-En seguida, hermanito. Estoy poniéndome los pendientes.
Las muñecas siguieron cantando hasta que la joven desapareció en las profundidades de la tierra.

El príncipe llamó aún con más insistencia; pero viendo que no le contestaban se enfadó, dio un empujón a la puerta, que se abrió con estrépito, y entrando en la habitación vio que su hermana había desaparecido. En los cuatro rincones del cuarto estaban sentadas las cuatro muñecas, que seguían cantando:

-¡Que se abra la tierra y se hunda la hermana!

Entonces Danilo, cogiendo un hacha, les cortó las cabezas y las echó al horno.

Entretanto, la joven princesa se encontró en un país subterráneo; siguió un camino, y después de andar un largo rato llegó frente a una cabaña, puesta sobre patas de gallina, que giraba continuamente.

-¡Cabaña, cabañita! ¡Ponte con la espalda hacia el bosque y con la entrada hacia mí! -exclamó la joven.

La cabaña se paró y la puerta se abrió. En el interior estaba sentada una joven hermosísima que bordaba, con oro y plata, unos dibujos admirables en una preciosa toalla. Al ver a la inesperada visitante la acogió cariñosamente y luego le dijo suspirando:

-¿Por qué has venido aquí, corazoncito mío? Aquí vive la terrible bruja Baba-Yaga, que tiene las piernas de madera; en este momento no está en casa, pero cuando venga ¡pobre de ti!

La joven princesa se asustó mucho al oír tales palabras; pero como no sabía dónde ir, se sentaron las dos a bordar en la toalla, hablando entre sí mientras trabajaban.

De repente oyeron un tremendo ruido, y comprendiendo que era Baba-Yaga que volvía a casa, la hermosa bordadora transformó a la joven princesa en una aguja, la escondió en la escoba y puso ésta en un rincón. Apenas había tenido tiempo de acabar estas operaciones cuando la bruja apareció en la puerta.

-¡Qué asco! -exclamó husmeando el aire-. ¡Aquí huele a carne humana!

-Nada de extraño tiene, abuelita -le contestó la joven bordadora-. Hace poco pasaron por aquí unos transeúntes y entraron a beber agua.

-¿Por qué no los has invitado a quedarse aquí?

-Es que eran ya viejos, abuela; no estaban para tus dientes.


-Bueno; pero en adelante no te olvides de invitar a todos a entrar en casa y no dejar que ninguno se marche -dijo Baba-Yaga, y se marchó al bosque.

Las jóvenes se volvieron a sentar a bordar en la toalla, charlando y riendo. De pronto la bruja apareció otra vez, y fue tan rápida su llegada, que la joven princesa apenas tuvo tiempo de esconderse en la escoba. Baba-Yaga husmeó el aire de la cabaña y exclamó:

-Me parece percibir olor de carne humana.

-Sí, abuela. Han entrado aquí unos ancianos para calentarse un ratito; les supliqué que se quedasen más tiempo, pero no quisieron.

La bruja, que tenía mucha hambre, se enfadó, regañó a la joven y se fue gruñendo. La princesa salió de la escoba y ambas se pusieron a bordar la toalla, y mientras trabajaban buscaban un medio de librarse de la bruja, huyendo de la cabaña. No tuvieron tiempo de decidir nada porque, de repente, Baba-Yaga apareció delante de ellas, sorprendiéndolas de improviso.

-¡Qué asco! Huele a carne humana -exclamó furiosa.

-Pues, abuelita, aquí te están esperando.

La joven princesa levantó los ojos, y al ver a la espantosa Baba-Yaga, con sus piernas de madera y su nariz que más bien parecía una trompa, se quedó como petrificada.

-¿Por qué no trabajáis? -gritó a las jóvenes, y les ordenó traer leña y encender el horno.

Ellas trajeron leña de roble y de arce y encendieron el horno, que pronto estuvo ardiendo.

Entonces la bruja, cogiendo una gran pala, dijo a la joven princesa.

-Siéntate, hermosa, en la pala.

La joven se sentó y la bruja intentó meterla en el horno; pero la princesa puso un pie en la boca y el otro en la estufa.

-¿Cómo es eso, joven? ¿No sabes cómo debes estar sentada? ¡Siéntate como es menester!

La princesa se sentó bien, y la bruja quiso meterla en el horno; pero ella volvió a poner un pie en la boca y el otro en la estufa. La bruja se enfadó, le hizo bajar de la pala, gritándole:

-¿Estás divirtiéndote, hermosa? Hay que estarse quieta; mira cómo me siento yo.

Se sentó en la paleta, estrechó sus piernas, y las jóvenes, cogiendo la pala, la metieron rápidamente en el horno, cerraron la puerta atrancándola con unos troncos, taparon bien todas las junturas, y hecho esto huyeron de la maldita cabaña, llevándose consigo la toalla bordada, un cepillo y un peine.
Corrieron, corrieron; pero cuando miraron atrás vieron que la bruja las perseguía silbando:

-¡Hola!¡Ahora no os escaparéis!

Tiraron el cepillo y creció un juncal tan espesísimo que ni a una culebra le hubiese sido posible atravesarlo. La bruja, sin embargo, cavó con sus uñas, hizo una veredita y echó a correr tras las fugitivas.

¿Dónde esconderse? Tiraron el peine y creció un bosque frondoso y espesísimo; ni siquiera una mosca hubiera podido atravesarlo. La bruja afiló sus dientes y se puso a arrancar de la tierra los árboles con sus raíces, lanzándolos por todas partes; pronto se abrió un camino y continuó la persecución.

Ya estaba cerca, muy cerca; a las pobres muchachas, de tanto correr, les faltaba el aliento. Entonces tiraron la toalla bordada de oro y se formó un mar de fuego ancho y profundo. La bruja subió por el aire intentando volar por encima; pero cayó en el fuego y pereció.

Las dos jóvenes, viéndose fuera de peligro, como estaban cansadas, se sentaron en un jardín. Éste pertenecía al príncipe Danilo. Un servidor del príncipe las vio y anunció a su señor que en su jardín había dos jóvenes de belleza incomparable.

-Una de ellas -le dijo- debe ser tu hermana; pero son tan parecidas que es imposible saber cuál de las dos es.

El príncipe las invitó a entrar en su palacio, y en seguida comprendió que una de las dos era su hermana; pero ¿cómo saber cuál de las dos si ella misma no lo decía?
-Escúchame -dijo el servidor al príncipe-. Coge la vejiga de un cordero, llénala de sangre y átatela debajo del brazo; yo, fingiendo ser un malhechor, simularé que te doy una puñalada. Cuando tu hermana te vea derramando sangre, en seguida se dará a conocer. Danilo aceptó este recurso y así lo hicieron.

Cuando el criado dio una puñalada al príncipe y éste cayó al suelo bañado en sangre, la hermana se lanzó sobre él para socorrerlo, llorando y exclamando:

-¡Oh hermano mío querido!

Danilo se puso en pie, abrazó a su hermana y el mismo día la casó con un noble honrado y bueno; luego probó el anillo a la amiguita de su hermana, y viendo que le servía perfectamente, se casó con ella y todos vivieron felices y contentos.

martes, 25 de mayo de 2010

El regalo que no se ve

Sera que la filosofia oriental tiene respuesta para todo. Pero estoy encontrando las historias más bonitas, reales y especiales,provinentes de esas tierras lejanas.


Hace tiempo, un hombre castigó a su hija de tres años por desperdiciar un rollo de papel dorado para envolver regalos. El dinero venía escaso en esos días, por eso explotó de furia cuando vio a la pequeña tratando de envolver una caja.


A la mañana siguiente, la niña regaló a su padre la cajita envuelta y le dijo: "Esto es para ti, papi".
Él se sintió avergonzado, pero cuando abrió el paquete y lo encontró vacío, gritó con ira: "¿Acaso no sabes que cuando se hace un regalo se supone que debe haber algo dentro?".


La pequeña miró hacia arriba y, con lágrimas en los ojos, dijo: "¡Pero, papá, no está vacía!. ¡Yo metí besos para ti!".

El padre se sitió muy mal, abrazó a su hija y le suplicó que le perdonara.

Dicen que el hombre guardó ese regalo dorado cerca de su cama durante muchos años, y que siempre que se derrumbaba, tomaba de ella un beso y recordaba el amor que su hija había depositado dentro.

De alguna forma, cada uno de nosotros hemos recibido algún obsequio de amor incondicional de nuestros hijos, amigos, familia...

Nadie podrá tener jamás una propiedad más grande y hermosa que esa.

lunes, 24 de mayo de 2010

Cómo nacieron los Pirineos

Hoy he echo el examen, el cuál este blog era el trabajo.
Y aunque ya entregue, ire colgando más historias, cuentos, leyendas solamente por el gusto de conocer más.

Hoy una historia de cerca,
Cómo nacieron los Pirineos

Cuentan que Pyrene fue una bellísima ninfa, diosa de las aguas y los manantiales,que
acostumbraba a descansar a la orilla de un lago tranquilo.Y dicen que mientras los
ruiseñores cantaban a su alrededor, ella miraba reflejada en las cristalinas aguas y
acariciaba dulcemente sus largos y rubios cabellos.



La paz y la calma llenaban la vida de Pyrene que, de vez en cuando, se sobresaltaba por las voces y el escándalo que formaban unos gigantes que vivían en las altas
montañas.

Ella sabía que aquellos monstruos salvajes querían destruir la tranquilidad de su valle. Pero al mismo tiempo se sentía segura porque un frondoso bosque
impedía que sus enemigos se acercaran.

Un día unas nubes grises y oscuras amenazaron con descargar una tormenta de rayos y truenos, pero los malvados gigantes los agarraron con sus enormes manos y los arrojaron sobre el bosque que les separaba de Pyrene.
Inmediatamente comenzaron a arder todos los árboles y la maleza se convirtió en llamas, sin que Pyrene pudiera evitarlo.

La noticia llegó hasta los oídos de Zeus, dios de los dioses, que mandó a su hijo
Hércules para que sofocara el incendio y rescatara a Pyrene del infierno. El hijo
obedeció a su papá y llevó a la ninfa junto al mar para que pudiera descansar y se
recuperase.

-Pyrene, aquí estarás a salvo. Y Hércules regresó al valle para acabar con los
malévolos gigantes.

- Tu valle se ha convertido en cenizas pero yo buscaré otro para ti -le dijo al regresar a su lado.
-No. Yo sólo amo a mi valle y quiero regresar a él - respondió la diosa.

Pero allí no había pájaros, ni flores, ni mariposas, ni árboles... todo había sido
destruido por el fuego. Incluso el manantial arrastraba las cenizas y sus aguas no eran cristalinas.Pyrene no pudo soportar aquel desastre y murió de pena al contemplar su valle deshecho.

Hércules recogió el cuerpo de la diosa para llevarlo a lo más alto de las cumbres y paraque nunca fuera olvidada levantó allí el más hermoso de los monumentos: una gran
cordillera montañosa que separaba España de Francia. Y en su honor la llamó: Pirineos

domingo, 23 de mayo de 2010

La princesa y el guisante





Hans Christian Andersen

sábado, 22 de mayo de 2010

La tetera magica


A veces las cosas pueden ser más de lo que parecen... ¡Sobretodo si os encontrais con las habilidades para disfrazarse de un tejón!

Habia una vez un monje al que le gustaba mucho beber té. Un día, en una tienda de objetos de segunda mano, descubrió una hermosa marmita de hierro de las que se utilizan para hervir el agua cuando se prepara el té. Era una marmita muy vieja y oxidada, pero pudo ver su belleza bajo la herrumbre. Por lo tanto, la compró y la llevó a su templo, y después de pulirla llamó a sus tres jóvenes alumnos que vivían en el templo.

- Miren que bella marmita compré hoy - les dijo - ahora, herviré agua en ella y prepararé un delicioso té para nosotros.

Colocó la marmita sobre un brasero y todos se sentaron alrededor a esperar que el agua hirviera. La marmita empezó a calentarse y calentarse y, de pronto, sucedió algo muy extraño: la marmita formó la cabeza de un tejón y una cola tupida de tejón, así como cuatro pequeñas patas de tejón.

- ¡Ouch! ¡Está caliente! - gritó la marmita - ¡Me estoy quemando, me estoy quemando! - Con esas palabras, la marmita saltó fuera del fuego y empezó a correr por la habitación sobre sus cuatro pequeñas patas de tejón.

El viejo monje estaba muy sorprendido, pero no quería perder su marmita.
- Rápido! ¡Rápido! - dijo a sus alumnos.- No dejen que se escape. ¡Atrápenla!

Los tres se fueron persiguiendo a la marmita. Cuando finalmente la atraparon, la cabeza de tejón, la cola tupida de tejón y las cuatro pequeñas patas de tejón habian desaparecido y era de nuevo una marmita común.

- Esto es muy extraño - opinó el monje.- Con seguridad es una tetera embrujada. No queremos nada como eso aquí en el templo. Debemos desecharla.

En ese momento, un ropavejero pasó por el templo. El monje tomó la marmita, se la mostró y dijo:
- Esta es una vieja marmita de hierro, se la venderé muy barata, señor ropavejero. Sólo deme lo que piense que vale.

El ropavejero pesó la marmita en su báscula manual y se la compró al monje a un precio muy bajo. Se fue a casa silbando, contento por haber encontrado esa ganga.
Esa noche, el ropavejero se fue a dormir y toda la casa estaba en silencio. De pronto, una voz dijo:
- Señor ropavejero. ¡Oh, señor ropavejero!"

El ropavejero abrió los ojos y preguntó: "¿Quién me llama?" Encendió una vela.

Vio la marmita, de pie junto a su almohada, con la cabeza de tejón, la cola tupida de tejón y las cuatro pequeñas patas de tejón. El ropavejero se sorprendió mucho y preguntó:
- ¿No eres la marmita que le compré hoy al monje?
- Si, ésa soy yo - respondió la marmita - Sin embargo, no soy una marmita común. En realidad, son un tejón disfrazado y mi nombre es Bumbuku, que significa "Buena Suerte". Ese monje viejo y malo me colocó sobre el fuego y me quemó, por eso huí de él. Sin embargo, si me tratas con amabilidad, me alimentas bien y nunca me pones sobre el fuego, me quedaré contigo y te ayudaré a hacer tu fortuna.

- Esto es muy extraño - opinó el ropavejero - ¿como puedes ayudarme a hacer mi fortuna?

- Puedo hacer toda clase de trucos maravillosos - aseguró la marmita y movió su tupida cola de tejón - Lo único que tienes que hacer es ponerme en un espectáculo y vender boletos a la gente que desee verme hacer mis trucos.

El ropavejero pensó que ésa era una idea espléndida. Al dia siguiente, construyó un teatro pequeño en su patio y colocó un letrero grande que decía: "Bumbuku, la tetera mágica de la buena suerte y sus extraordinarios trucos.

Cada día, iba más y más gente a ver a Bumbuku. El ropavejero vendía los boletos al frente y luego, cuando el teatro estaba lleno, entraba y empezaba a tocar un tambor.

Bumbuku salía, bailaba y hacía toda clase de acrobacias. No obstante, el truco que más gustaba a la gente era cuando Bumbuku caminaba sobre una cuerda tensa, con una sombrilla de papel en una mano y un abanico en la otra. La gente pensaba que eso era maravilloso y le aplaudía mucho. Después de la función de cada día, el ropavejero daba a Bumbuku deliciosos pastelillos de arroz para que se los comiera.

El ropavejero vendió tantos boletos que finalmente se volvió sumamente rico. Un dia, le dijo a Bumbuku:
- Con seguridad te cansas mucho haciendo estos trucos todos los días. Ahora tengo el dinero que necesito. Por lo tanto, ¿por qué no te llevo al templo, donde puedes vivir con mucha tranquilidad?
- Bueno - respondió Bumbuku.- Estoy un poco cansado y me gustaría vivir tranquilamente en el templo. Sin embargo, ese anciano monje puede colocarme de nuevo sobre el fuego y tal vez nunca me dé esos deliciosos pastelillos de arroz.
- Deja todo en mis manos - pidió el ropavejero.

A la mañana siguiente, el ropavejero llevó a Bumbuku al templo, junto con una gran cantidad de dinero y algunos de los pastelillos de arroz favoritos del tejón.

Cuando llegaron al templo, el ropavejero explicó al monje lo que había sucedido y le dió el dinero para el templo. Luego preguntó:

- Permitirá que Bumbuku viva aquí con tranquilidad para siempre, lo alimentará siempre con pastelillos de arroz como estos que traje y no volverá a colocarlo sobre el fuego?

- Así lo haré - aseguró el monje - Ocupará el lugar de honor en la casa del tesoro del templo. En realidad, es una marmita mágica de buena suerte y nunca la habría colocado sobre el fuego, de haberlo sabido.

El monje llamó a sus alumnos. Colocaron la marmita en un pedestal de madera y los pastelillos de arroz en otro. El monje cargó un pedestal y el ropavejero el otro y, con los tres alumnos siguiéndolos, llevaron con cuidado a Bumbuku a la casa del tesoro y colocaron los pastelillos de arroz a su lado.

Cuentan que Bumbuku aún está hoy en día en la casa del tesoro del templo, donde es muy feliz. Aún le dan deliciosos pastelillos de arroz todos los días para que se los coma y nunca, nunca, lo colocan sobre el fuego.

viernes, 21 de mayo de 2010

Hansel y Gretel

Cuento de origen aleman. De los hermanos Grimm. Versionado y reversionado, ya que se ha convertido en uno de los cuentos populares, tradicionales,más conocidos de toda la vida.



Junto a un bosque muy grande vivía un pobre leñador con su mujer y dos hijos; el niño se llamaba Hänsel, y la niña, Gretel. Apenas tenían qué comer, y en una época de carestía que sufrió el país, llegó un momento en que el hombre ni siquiera podía ganarse el pan de cada día. Estaba el leñador una noche en la cama, cavilando y revolviéndose, sin que las preocupaciones le dejaran pegar el ojo; finalmente, dijo, suspirando, a su mujer:

- ¿Qué va a ser de nosotros? ¿Cómo alimentar a los pobres pequeños, puesto que nada nos queda?

- Se me ocurre una cosa -respondió ella-. Mañana, de madrugada, nos llevaremos a los niños a lo más espeso del bosque. Les encenderemos un fuego, les daremos un pedacito de pan y luego los dejaremos solos para ir a nuestro trabajo. Como no sabrán encontrar el camino de vuelta, nos libraremos de ellos.

- ¡Por Dios, mujer! -replicó el hombre-. Eso no lo hago yo. ¡Cómo voy a cargar sobre mí el abandonar a mis hijos en el bosque! No tardarían en ser destrozados por las fieras.

- ¡No seas necio! -exclamó ella-. ¿Quieres, pues, que nos muramos de hambre los cuatro? ¡Ya puedes ponerte a aserrar las tablas de los ataúdes! -. Y no cesó de importunarle hasta que el hombre accedió-. Pero me dan mucha lástima -decía.

Los dos hermanitos, a quienes el hambre mantenía siempre desvelados, oyeron lo que su madrastra aconsejaba a su padre. Gretel, entre amargas lágrimas, dijo a Hänsel:

- ¡Ahora sí que estamos perdidos!

- No llores, Gretel -la consoló el niño-, y no te aflijas, que yo me las arreglaré para salir del paso.

Y cuando los viejos estuvieron dormidos, levantóse, púsose la chaquetita y salió a la calle por la puerta trasera. Brillaba una luna esplendoroso y los blancos guijarros que estaban en el suelo delante de la casa, relucían como plata pura.

Hänsel los fue recogiendo hasta que no le cupieron más en los bolsillos. De vuelta a su cuarto, dijo a Gretel:

- Nada temas, hermanita, y duerme tranquila: Dios no nos abandonará -y se acostó de nuevo.

A las primeras luces del día, antes aún de que saliera el sol, la mujer fue a llamar a los niños:

- ¡Vamos, holgazanes, levantaos! Hemos de ir al bosque por leña-.

Y dando a cada uno un pedacito de pan, les advirtió-: Ahí tenéis esto para mediodía, pero no os lo comáis antes, pues no os daré más. Gretel se puso el pan debajo del delantal, porque Hänsel llevaba los bolsillos llenos de piedras, y emprendieron los cuatro el camino del bosque. Al cabo de un ratito de andar, Hänsel se detenía de cuando en cuando, para volverse a mirar hacia la casa. Dijo el padre:

- Hänsel, no te quedes rezagado mirando atrás, ¡atención y piernas vivas!

- Es que miro el gatito blanco, que desde el tejado me está diciendo adiós -respondió el niño.

Y replicó la mujer:

- Tonto, no es el gato, sino el sol de la mañana, que se refleja en la chimenea.

Pero lo que estaba haciendo Hänsel no era mirar el gato, sino ir echando blancas piedrecitas, que sacaba del bolsillo, a lo largo del camino. Cuando estuvieron en medio del bosque, dijo el padre:

- Recoged ahora leña, pequeños, os encenderé un fuego para que no tengáis frío.

Hänsel y Gretel reunieron un buen montón de leña menuda. Prepararon una hoguera, y cuando ya ardió con viva llama, dijo la mujer:

- Poneos ahora al lado del fuego, chiquillos, y descansad, mientras nosotros nos vamos por el bosque a cortar leña. Cuando hayamos terminado, vendremos a recogeros.

Los dos hermanitos se sentaron junto al fuego, y al mediodía, cada uno se comió su pedacito de pan. Y como oían el ruido de los hachazos, creían que su padre estaba cerca. Pero, en realidad, no era el hacha, sino una rama que él había atado a un árbol seco, y que el viento hacía chocar contra el tronco. Al cabo de mucho rato de estar allí sentados, el cansancio les cerró los ojos, y se quedaron profundamente dormidos.

Despertaron, cuando ya era noche cerrada. Gretel se echó a llorar, diciendo:

- ¿Cómo saldremos del bosque?
Pero Hänsel la consoló:

- Espera un poquitín a que brille la luna, que ya encontraremos el camino.

Y cuando la luna estuvo alta en el cielo, el niño, cogiendo de la mano a su hermanita, guiose por las guijas, que, brillando como plata batida, le indicaron la ruta. Anduvieron toda la noche, y llegaron a la casa al despuntar el alba. Llamaron a la puerta y les abrió la madrastra, que, al verlos, exclamó:

- ¡Diablo de niños! ¿Qué es eso de quedarse tantas horas en el bosque? ¡Creíamos que no queríais volver!

El padre, en cambio, se alegró de que hubieran vuelto, pues le remordía la conciencia por haberlos abandonado. Algún tiempo después hubo otra época de miseria en el país, y los niños oyeron una noche cómo la madrastra, estando en la cama, decía a su marido:

- Otra vez se ha terminado todo; sólo nos queda media hogaza de pan, y sanseacabó. Tenemos que deshacernos de los niños. Los llevaremos más adentro del bosque para que no puedan encontrar el camino; de otro modo, no hay salvación para nosotros.

Al padre le dolía mucho abandonar a los niños, y pensaba: «Mejor harías partiendo con tus hijos el último bocado». Pero la mujer no quiso escuchar sus razones, y lo llenó de reproches e improperios. Quien cede la primera vez, también ha de ceder la segunda; y, así, el hombre no tuvo valor para negarse. Pero los niños estaban aún despiertos y oyeron la conversación. Cuando los viejos se hubieron dormido, levantóse Hänsel con intención de salir a proveerse de guijarros, como la vez anterior; pero no pudo hacerlo, pues la mujer había cerrado la puerta. Dijo, no obstante, a su hermanita, para consolarla:

- No llores, Gretel, y duerme tranquila, que Dios Nuestro Señor nos ayudará.

A la madrugada siguiente se presentó la mujer a sacarlos de la cama y les dio su pedacito de pan, más pequeño aún que la vez anterior. Camino del bosque, Hänsel iba desmigajando el pan en el bolsillo y, deteniéndose de trecho en trecho, dejaba caer miguitas en el suelo.

- Hänsel, ¿por qué te paras a mirar atrás? -preguntóle el padre-. ¡Vamos, no te entretengas!

- Estoy mirando mi palomita, que desde el tejado me dice adiós.

- ¡Bobo! -intervino la mujer-, no es tu palomita, sino el sol de la mañana, que brilla en la chimenea.

Pero Hänsel fue sembrando de migas todo el camino. La madrastra condujo a los niños aún más adentro del bosque, a un lugar en el que nunca había estado. Encendieron una gran hoguera, y la mujer les dijo:

- Quedaos aquí, pequeños, y si os cansáis, echad una siestecita. Nosotros vamos por leña; al atardecer, cuando hayamos terminado, volveremos a recogemos.

A mediodía, Gretel partió su pan con Hänsel, ya que él había esparcido el suyo por el camino. Luego se quedaron dormidos, sin que nadie se presentara a buscar a los pobrecillos; se despertaron cuando era ya de noche oscura. Hänsel consoló a Gretel diciéndole:

- Espera un poco, hermanita, a que salga la luna; entonces veremos las migas de pan que yo he esparcido, y que nos mostrarán el camino de vuelta.

Cuando salió la luna, se dispusieron a regresar; pero no encontraron ni una sola miga; se las habían comido los mil pajarillos que volaban por el bosque. Dijo Hänsel a Gretel:

- Ya daremos con el camino -pero no lo encontraron.

Anduvieron toda la noche y todo el día siguiente, desde la madrugada hasta el atardecer, sin lograr salir del bosque; sufrían además de hambre, pues no habían comido más que unos pocos frutos silvestres, recogidos del suelo. Y como se sentían tan cansados que las piernas se negaban ya a sostenerlos, echáronse al pie de un árbol y se quedaron dormidos.

Y amaneció el día tercero desde que salieron de casa. Reanudaron la marcha, pero cada vez se extraviaban más en el bosque. Si alguien no acudía pronto en su ayuda, estaban condenados a morir de hambre.

Pero he aquí que hacia mediodía vieron un hermoso pajarillo, blanco como la nieve, posado en la rama de un árbol; y cantaba tan dulcemente, que se detuvieron a escucharlo. Cuando hubo terminado, abrió sus alas y emprendió el vuelo, y ellos lo siguieron, hasta llegar a una casita, en cuyo tejado se posó; y al acercarse vieron que la casita estaba hecha de pan y cubierta de bizcocho, y las ventanas eran de puro azúcar.

- ¡Mira qué bien! -exclamó Hänsel-, aquí podremos sacar el vientre de mal año. Yo comeré un pedacito del tejado; tú, Gretel, puedes probar la ventana, verás cuán dulce es.

Se encaramó el niño al tejado y rompió un trocito para probar a qué sabía, mientras su hermanita mordisqueaba en los cristales. Entonces oyeron una voz suave que procedía del interior: «¿Será acaso la ratita la que roe mi casita?» Pero los niños respondieron: «Es el viento, es el viento que sopla violento». Y siguieron comiendo sin desconcertarse. Hänsel, que encontraba el tejado sabrosísimo, desgajó un buen pedazo, y Gretel sacó todo un cristal redondo y se sentó en el suelo, comiendo a dos carrillos.

Abrióse entonces la puerta bruscamente, y salió una mujer viejísima, que se apoyaba en una muleta. Los niños se asustaron de tal modo, que soltaron lo que tenían en las manos; pero la vieja, meneando la cabeza, les dijo:



- Hola, pequeñines, ¿quién os ha traído? Entrad y quedaos conmigo, no os haré ningún daño.

Y, cogiéndolos de la mano, los introdujo en la casita, donde había servida una apetitosa comida: leche con bollos azucarados, manzanas y nueces. Después los llevó a dos camitas con ropas blancas, y Hänsel y Gretel se acostaron en ellas, creyéndose en el cielo. La vieja aparentaba ser muy buena y amable, pero, en realidad, era una bruja malvada que acechaba a los niños para cazarlos, y había construido la casita de pan con el único objeto de atraerlos. Cuando uno caía en su poder, lo mataba, lo guisaba y se lo comía; esto era para ella un gran banquete. Las brujas tienen los ojos rojizos y son muy cortas de vista; pero, en cambio, su olfato es muy fino, como el de los animales, por lo que desde muy lejos ventean la presencia de las personas.

Cuando sintió que se acercaban Hänsel y Gretel, dijo para sus adentros, con una risotada maligna: «¡Míos son; éstos no se me escapan!».

Levantóse muy de mañana, antes de que los niños se despertasen, y, al verlos descansar tan plácidamente, con aquellas mejillitas tan sonrosadas y coloreadas, murmuró entre dientes: «¡Serán un buen bocado!». Y, agarrando a Hänsel con su mano seca, llevólo a un pequeño establo y lo encerró detrás de una reja. Gritó y protestó el niño con todas sus fuerzas, pero todo fue inútil. Dirigióse entonces a la cama de Gretel y despertó a la pequeña, sacudiéndola rudamente y gritándole:

- Levántate, holgazana, ve a buscar agua y guisa algo bueno para tu hermano; lo tengo en el establo y quiero que engorde. Cuando esté bien cebado, me lo comeré.

Gretel se echó a llorar amargamente, pero en vano; hubo de cumplir los mandatos de la bruja. Desde entonces a Hänsel le sirvieron comidas exquisitas, mientras Gretel no recibía sino cáscaras de cangrejo. Todas las mañanas bajaba la vieja al establo y decía:

- Hänsel, saca el dedo, que quiero saber si estás gordo.

Pero Hänsel, en vez del dedo, sacaba un huesecito, y la vieja, que tenía la vista muy mala, pensaba que era realmente el dedo del niño, y todo era extrañarse de que no engordara. Cuando, al cabo de cuatro semanas, vio que Hänsel continuaba tan flaco, perdió la paciencia y no quiso aguardar más tiempo:

- Anda, Gretel -dijo a la niña-, a buscar agua, ¡ligera! Esté gordo o flaco tu hermano, mañana me lo comeré.

¡Qué desconsuelo el de la hermanita, cuando venía con el agua, y cómo le corrían las lágrimas por las mejillas! «¡Dios mío, ayúdanos! -rogaba-. ¡Ojalá nos hubiesen devorado las fieras del bosque; por lo menos habríamos muerto juntos!».

- ¡Basta de lloriqueos! -gritó la vieja-; de nada han de servirte.
Por la madrugada, Gretel hubo de salir a llenar de agua el caldero y encender fuego.
- Primero coceremos pan -dijo la bruja-. Ya he calentado el horno y preparado la masa -.

Y de un empujón llevó a la pobre niña hasta el horno, de cuya boca salían grandes llamas.

- Entra a ver si está bastante caliente para meter el pan -mandó la vieja.

Su intención era cerrar la puerta del horno cuando la niña estuviese en su interior, asarla y comérsela también. Pero Gretel le adivinó el pensamiento y dijo:

- No sé cómo hay que hacerlo; ¿cómo lo haré para entrar?

- ¡Habráse visto criatura más tonta! -replicó la bruja-. Bastante grande es la abertura; yo misma podría pasar por ella -y, para demostrárselo, se adelantó y metió la cabeza en la boca del horno.

Entonces Gretel, de un empujón, la precipitó en el interior y, cerrando la puerta de hierro, corrió el cerrojo. ¡Allí era de oír la de chillidos que daba la bruja! ¡Qué gritos más pavorosos! Pero la niña echó a correr, y la malvada hechicera hubo de morir quemada miserablemente. Corrió Gretel al establo donde estaba encerrado Hänsel y le abrió la puerta, exclamando: ¡Hänsel, estamos salvados; ya está muerta la bruja! Saltó el niño afuera, como un pájaro al que se le abre la jaula. ¡Qué alegría sintieron los dos, y cómo se arrojaron al cuello uno del otro, y qué de abrazos y besos!

Y como ya nada tenían que temer, recorrieron la casa de la bruja, y en todos los rincones encontraron cajas llenas de perlas y piedras preciosas.

- ¡Más valen éstas que los guijarros! -exclamó Hänsel, llenándose de ellas los bolsillos.

Y dijo Gretel:
- También yo quiero llevar algo a casa -y, a su vez, se llenó el delantal de
pedrería.

- Vámonos ahora -dijo el niño-; debemos salir de este bosque embrujado -.
A unas dos horas de andar llegaron a un gran río.

- No podremos pasarlo -observó Hänsel-, no veo ni puente ni pasarela.

- Ni tampoco hay barquita alguna -añadió Gretel-; pero allí nada un pato blanco, y si se lo pido nos ayudará a pasar el río -.

Y gritó: «Patito, buen patito mío Hänsel y Gretel han llegado al río. No hay ningún puente por donde pasar; ¿sobre tu blanca espalda nos quieres llevar?». Acercóse el patito, y el niño se subió en él, invitando a su hermana a hacer lo mismo.

- No -replicó Gretel-, sería muy pesado para el patito; vale más que nos lleve uno tras otro.

Así lo hizo el buen pato, y cuando ya estuvieron en la orilla opuesta y hubieron caminado otro trecho, el bosque les fue siendo cada vez más familiar, hasta que, al fin, descubrieron a lo lejos la casa de su padre. Echaron entonces a correr, entraron como una tromba y se colgaron del cuello de su padre. El pobre hombre no había tenido una sola hora de reposo desde el día en que abandonara a sus hijos en el bosque; y en cuanto a la madrastra, había muerto. Volcó Gretel su delantal, y todas las perlas y piedras preciosas saltaron por el suelo, mientras Hänsel vaciaba también a puñados sus bolsillos. Se acabaron las penas, y en adelante vivieron los tres felices. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

jueves, 20 de mayo de 2010

Manco Capac

Leyendas Incas:

En las tierras que se encuentran al norte del lago Titicaca, unos hombres vivían como bestias feroces. No tenían religión, ni justicia, ni ciudades. Estos seres no sabían cultivar la tierra y vivían desnudos. Se refugiaban en cavernas y se alimentaban de plantas, de bayas salvajes y de carne cruda.

Inti, el dios Sol, decidió que había que civilizar estos seres. Le pidió a su hijo Ayar Manco y a su hija Mama Ocllo descender sobre la tierra para construir un gran imperio. Ellos enseñarían a los hombres las reglas de la vida civilizada y a venerar su dios creador, el Sol.

Pero antes, Ayar Manco y Mama Ocllo debían fundar una capital. Inti les confía un bastón de oro diciéndoles esto:
- Desde el gran lago, adonde llegarán, marchen hacia el norte. Cada vez que se detengan para comer o dormir, planten este bastón de oro en el suelo. Allí donde se hunda sin el menor esfuerzo, ustedes construirán Cuzco y dirigirán el Imperio del sol.

La mañana siguiente, Ayar Manco y Mama Ocllo aparecieron entre las aguas del lago Titicaca. La riqueza de sus vestimentas y el brillo de sus joyas hicieron pronto comprender a los hombres que ellos eran dioses. Temerosos, los hombres los siguieron a escondidas.

Ayar Manco y Mama Ocllo se pusieron en marcha hacia el norte. Los días pasaron sin que el bastón de oro se hundiera en el suelo. Una mañana, al llegar a un bello valle rodeado de montañas majestuosas, el bastón de oro se hundió dulcemente en el suelo. Era ahí que había que construir Cuzco, el "ombligo" del mundo, la capital del Imperio del Sol.

Ayar Manco se dirigió a los hombres que los rodeaban y comenzó a enseñarles a cultivar la tierra, a cazar, a construir casas, etc... Mama Ocllo se dirigió a las mujeres y les enseñó a tejer la lana de las llamas para fabricar vestimentas. Les enseñó también a cocinar y a ocuparse de la casa...

Es así que Ayar Manco, devenido Manco Capac, en compañía de su hermana Mama Ocllo se sentó en el trono del nuevo Imperio del Sol. A partir de este día, todos los emperadores Incas, descendientes de Manco Capac, gobernaron su imperio con su hermana devenida en esposa.

miércoles, 19 de mayo de 2010

La vendedora de mangos

Semana pre examenes, con los nervios de estos dias... Que tengo que explicarles.
Pero un ratito para desconectar y dejar volar la imaginación, sienta fenomenal.

Por cierto ¡¡Mucha suerte, compañer@s!!

martes, 18 de mayo de 2010

La gente podía volar


Esta historia era contada entre los esclavos afroamericanos, mucho tiempo antes de que alguien la escribiera.

Ellos afirmaban que esta gente podía volar. En África, hace mucho tiempo, algunos pronunciaban unas palabras mágicas que los hacía elevarse por los aires como cuervos, agitando sus negras alas.


Decían que cuando esta gente fue llevada en barcos como esclavos, tuvieron que replegar sus alas. En aquellas atestadas embarcaciones no había lugar para volar. Y decían también que cuando esta gente fue puesta en los campos,perdieron la libertad de desplegar sus alas. Ni siquiera podían imaginarse volando.

Pero no todos olvidaron las mágicas palabras. Una tarde el sol quemaba tanto, que parecía que les iba a chamuscar el cabello. Habían estado recogiendo algodón desde el amanecer, sin descansar. Sarah, una mujer joven que llevaba a su niño en la espalda, se estaba sintiendo tan agotada, que se desmayó.

“¡Vuelvan al trabajo! No hay tiempo para descansar”, gruñía el capataz.

Todos los demás esclavos pararon para mirarlo. Tambaleante, Sarah se incorporó con su niño en la espalda y comenzó a recoger de nuevo. Pero se cayó otra vez. El capataz le lanzó un latigazo, y Sarah se levantó por segunda vez. De entre las hileras de algodón surgió un anciano que se acercó a Sarah. Miró a ambos lados y luego le dijo algo al oído. Sarah miró en ambos sentidos y pasó el mensaje. El murmullo pasaba de esclavo a esclavo, tan suavemente como una brisa y el capataz nunca lo notó. Los esclavos seguían trabajando.

Pero en eso, el bebé de Sarah empezó a gemir y a llorar y ella se detuvo para calmarlo.El capataz cabalgó hacia ella y en el preciso momento en que iba a descargarle su látigo en la espalda, el anciano gritó esas palabras mágicas, que recordaba de mucho tiempo atrás.

Ante esas palabras, Sarah se empezó a elevar. Abrió los brazos; los sentía como si fuesen alas. Se elevó como un águila sobre el látigo del capataz.
Dando giros con su caballo, el capataz vociferó: “¿Quién gritó? ¿Qué dijo?” Todos los demás esclavos se mantenían callados y seguían trabajando, pero ellos sabían que Sarah había volado hacia la libertad.

El sol quemaba tanto, que otros empezaron a caer. Él iba a estrellar su látigo contra uno de los hombres, pero antes que le cayera, sonó otra vez el grito. El exhausto esclavo se elevó al aire. Entonces el capataz vio a una mujer sentada, hecha un ovillo y alzó su látigo para golpearla. Una vez más se escucharon aquellas palabras mágicas y la mujer levantó vuelo.

Cada vez que un esclavo caía desmayado por el calor, el capataz alzaba su látigo. Pero cada vez que lo hacía, el esclavo se elevaba por los aires. Fue entonces que el capataz vio al anciano, con la boca ya lista para gritar. “¡Agarren a ese viejo!” gritó el capataz, levantando el látigo.

El anciano miró al capataz directo a los ojos. “¡Ahora!” fue todo lo que dijo. Ante esa única palabra, toda la gente hizo una rueda y se tomó de las manos. Recitando las palabras mágicas, todos se elevaron lentamente, volando por encima de los campos, lejos del alcance del capataz.

Dicen que esos esclavos volaron de vuelta al África. Nosotros no lo sabemos, realmente. Pero sí recordamos y aún hoy contamos esta historia a todos aquellos que intentan, en sus corazones y en sus mentes, desplegar sus alas y volar.

lunes, 17 de mayo de 2010

Isondú. La leyenda de las luciérnagas

Isondú fue el hombre más hermoso entre todos los guaraníes. El más alto, el más fuerte, el más hábil. Había que verlo disparando una flecha, remando en la canoa, bailando en las ceremonias de los payés.

Cuando era chico, no había madre en su tevy que, al verlo reírse, no le hiciera una caricia y, cuando le llegó la hora del tembetá ya había muchas indiecitas que querían casarse con él. A todas les gustaban sus manos diestras, su mirada penetrante y su perfume a madera.

Junto con el amor que despertó en tantas muchachas, se despertó también la envidia de los hombres. Los que habían jugado con él sobre las hojas de palmera y más tarde en los claros o en el río ahora le tenían rabia. Por eso prepararon la emboscada.

A Isondú lo esperaron un atardecer. Temprano habían cavado el pozo en el camino y lo habían disimulado bien: ya se sabe que los guaraníes eran especialistas en cazar con trampas, y esta ya estaba lista. Después se sentaron a esperar, y a tomarse la chicha de maíz que habían llevado.

Isondú volvía de la aldea vecina, donde tenía parientes. Venía solo, pensando en una chica que había conocido allí, la única muchacha que estaba seguro de poder querer. Sin duda pronto se casaría con ella, ya se la imaginaba junto a él, con el cuerpo adornado con pinturas y una flor - la orquídea más hermosa que él pudiera encontrar -en su largo pelo negro. Contento y cansado iba por los caminos de la selva, espantándose los mosquitos de tanto en tanto. A él, tan grande y fuerte, se lo veía pqueño al lado de los árboles inmensos.

Cuando faltaba poco para llegar a su aldea, empezó a escuchar las risas y los gritos de sus enemigos. Pero no se inquietó, porque era joven, no le tenía miedo a nada y había sido siempre demasiado dichoso como para suponer que se acercaba la desgracia. Cuando escucharon sus pasos, los otros se quedaron callados. De pronto, Isondú tropezó entre unas lianas y cayó en el pozo.

Los otros salieron enseguida de sus escondites y empezaron a reírse y a burlarse de él:

- ¡Isondú! ¡Isondú! ¡Te cazamos como a un tapir!

- A ver, ¿de qué te sirve ahora ser tan valiente?

- ¡Isondú! ¡Ahí va un anzuelo para que muerdas! ¿O querés que llamemos a tu mamita para que te salve?

Y mientras tanto le tiraban palitos, frutos y unas bolitas de arcilla dura con las que cazaban ratones y los pájaros.

Isondú les gritaba:

- Pero, ¿qué hacen? ¿qué les pasa? ¿qué les hice yo, cobardes? - Y desde abajo les devolvía los proyectiles.

Uno de los agresores le contestó:

- Ya vas a ver si somos cobardes. - Y agarró su maza y le pegó a Isondú en un hombro, en la cabeza, en la espalda... Los demás se envalentonaron y entre insultos hicieron lo propio: el cuerpo de Isondú se fue llenando de cardenales y de sangre, y allí quedó, acallado, caído sobre un costado en el fondo del pozo.

En la selva era casi de noche. Los asesinos seguían en el borde de la trampa, paralizados por el miedo. De pronto vieron confusamente que Isondú se movía, que su cuerpo tomaba de a poco la forma de un insecto y que en el lugar de cada herida se encendía una lucecita. Isondú agitó sus alas y salió volando: ya estaba libre.

Un momento después centenares de Isondúes se dispersaban en la selva, debajo del techo que forman allí los árboles, los helechos y las lianas, iluminando intermitentemente la noche guaraní. Muchos de estos insectos traspusieron los ríos, dejaron atrás la selva y se perdieron en el campo.

domingo, 16 de mayo de 2010

sábado, 15 de mayo de 2010

La princesa que no sabia reir

Había una vez una princesa que no sabía reír; es más, ni siquiera sabía sonreír.

El rey, su padre, mandó llamar a varios bufones a su castillo. Uno de ellos se paró de cabeza, otro le hizo graciosos gestos a la princesa; alguno le hizo cosquillas en la nariz con una pluma. Pero no lograron que ella se riera.

Cerca del castillo, vivían una mujer humilde y su hijo. El muchacho realizaba sus labores cotidianas de manera muy especial: Si su madre le decía que lavara las zanahorias, ¡las tallaba en una tabla de lavar!
Pero era muy simpático, igual que su nombre: Tribilín.

Cierto día, la madre de Tribilín se dio cuenta de que en la alacena no había comida suficiente ni para un ratón. Entonces llamó a su hijo y le ordenó:
- Tribilín, no tenemos más que pan rancio para la cena. Ve al castillo a pedir empleo.
-Está bien, mamá -repuso él-. Así lo haré. No te preocupes.

Al llegar al castillo, Tribilín vio a la princesa y le sonrió.
Pero ella no le devolvió la sonrisa.
"¿Por qué no sonreirá la princesa?", se preguntó nuestro amigo. y sin dejar de mirarla, siguió caminando.

De pronto, tropezó con una piedra.

Sus manos revolotearon en un sentido y los pies en otro, hasta que, finalmente, cayó de boca en el suelo.
La princesa contempló la graciosa escena, pero te equivocas si crees que se echó a reír. Ni siquiera sonrió.

Tribilín encontró empleo en el gallinero real. Su trabajo consistía en recoger los huevos de los nidos.

Al terminar, recibió en pago una docena de huevos frescos.
-¡Viva! –Exclamó Tribilín-. ¡Huevos frescos para la cena!
Y corrió a mostrárselos a su madre.
Tan entusiasmado iba, que no veía donde pisaba, y volvió a tropezar con la misma piedra.

Sus pies revolotearon en un sentido y sus manos en otro. Los huevos volaron por los aires.
Tribilín trató de atrapar los huevos antes de que cayeran; pero cuando lograba agarrar uno, se le resbalaba de las manos.

La princesa contemplo tan chusca maniobra.Ni siquiera sonrió.
-Si hubieras puesto los huevos en tu sombrero, nada les habría pasado – comentó la madre de Tribilín cuando se entero de lo ocurrido.
-No te preocupes, mamá –dijo él-. Lo haré así la próxima vez.

Al día siguiente, Tribilín trabajo en el establo real, ordeñando vacas.
Cuando terminó, recibió en pago un cubo de leche.
-¡Bravo! –gritó Tribilín-. ¡Leche fresca!
Y corrió a llevársela a su madre.

Al llegar a la puerta del castillo, Tribilín recordó lo que su madre le había aconsejado.

Así pues, vació la leche en el sombrero.
Luego se lo puso…. Y, claro, se dio un baño.
La leche le entró en los oídos y le escurrió debajo de la camisa.
La princesa, desde la ventana, observo lo ocurrido.
Cualquiera se hubiera reído al contemplar espectáculo tan ridículo, pero no la princesa.

Ella ni siquiera sonrío.
-¡Si hubieras traído el cubo en las manos, nada habría pasado! –dijo la madre de Tribilín cuando se entero de lo ocurrido.
-Descuida, mamá –repuso él-. Lo haré así la próxima vez.
Tribilín trabajo el día siguiente dando de comer a los cerdos.
En pago, el porquerizo le dio un travieso cerdito.
-¡Un cerdito! –exclamó Tribilín. Apenas podía esperar para mostrárselo a su madre.

Sin embargo, al recordar lo que ella le había dicho, trató de levantar al animalito.
Pero como el cerdito tenía la piel muy gruesa, se le escapó…

Corrió ágilmente por un lodazal, y Tribilín lo persiguió.
Luego, el cerdito se metió en un montón de paja, y Tribilín lo siguió pero el animalito, más rápido que su perseguidor, logró huir.
Desde la ventana, la princesa miró a Tribilín, que estaba cubierto de lodo y paja.

Pero, ¿Crees que se rió?
No. Ni siquiera sonrió.

Esa noche, la madre de Tribilín lo recibió en la puerta, y al enterarse de lo que había pasado con el cerdo, exclamó:
-Pero, ¿en donde tienes la cabeza?
Si hubieras traído al cerdo tirándolo de una cuerda, nada habría sucedido.
-No te preocupes, mamá –dijo él-. La próxima vez haré como me dices.

Al otro día, Tribilín trabajo en la cocina real, lavando los trastos. Cuando terminó, el cocinero le dio un enorme pescado.
-Cuando mi mamá vea este pescado –dijo Tribilín-, se le pasará el enojo.
Luego recordó lo que su madre le había dicho; así que, con todo cuidado, ató el pescado con una cuerda.

Y así tirando de él, se dirigió a su casa.

En eso, unos gatos olfatearon el pescado, y corrieron tras él para darse un banquete.
Cuando Tribilín pasó frente a la ventana de la princesa, del pez solo quedaba el esqueleto.
Pero t equivocas si crees que la princesa rió al verlo.
Ni siquiera sonrió.

Esa noche, Tribilín le contó a su madre cómo había perdido el pescado.
-¡Cabeza de chorlito! –exclamó ella-.
Hubieras traído el pescado al hombro y nada le hubiera pasado.
-No te preocupes, mamá, así lo haré la próxima vez.
A la mañana siguiente, muy temprano, Tribilín fue al castillo. Esta vez le encargaron que limpiara los establos.

Tan bien hizo su trabajo, que el encargado le regalo una vaca.
-¡Con esta vaca, mi madre se hará rica! -exclamó Tribilín-. Pero, ¿Cómo la llevaré a casa?

Entonces recordó lo que su madre le había dicho la noche anterior.
Se quitó e sombrero y se lo puso a la vaca; en seguida, le sujetó el chaleco alrededor del pescuezo.

Después, camino a gatas y se metió debajo del animal.
-¡Como pesa esta vaca! –exclamó cuando con grandes esfuerzos trató de ponerse en pie.

Por fin pudo levantarse, con la vaca sobre los hombros.
La princesa, que estaba en su ventana, vio que Tribilín se acercaba con la vaca al hombro.

¿Y sabes lo que ocurrió?
Se echó a reír con tal fuerza, que le dolió el estómago y los oídos estaban a punto de estallarle.

Y reía, y reía…
¡El rey no podía creerlo!
-Si ese joven puede hacer reír a la princesa –dijo-, será mejor que se quede aquí para siempre.

Por tanto, mandó llamar a Tribilín y le preguntó si quería vivir en el castillo.
-¡De mil amores –respondió-, pero sólo si mamá quiere venir conmigo!
Al día siguiente, Tribilín y su madre se mudaron al palacio.
Y allí vivieron felices para siempre.

viernes, 14 de mayo de 2010

El hada de los deseos


La pequeña Margarita estaba sentada junto al arroyuelo debajo de una florida mata de saúco. Las vacaciones, el verano, el resplandor del sol y el libro de cuentos sobre el regazo: esto constituía todo su paraíso.
Pero allí, enfrente, en la casita, su madre tenía trabajo a manos llenas.

Margarita contemplaba las luminosas olas, y soñaba. De repente exclamó en voz alta:

-¡Oh, yo desearía ser el hada de los deseos!
Poder decir: "Madre, ¿qué quieres tú? ¡Madre dime tus deseos! Todo lo tendrás tú." ¡Sería maravilloso!

-¡Así sea! -dijo una voz a sus espaldas.

¿Había descendido el hada del libro de cuentos? Por su aspecto, no lo parecía ciertamente. No llevaba ningún vestido tejido de rayos de sol, ni tampoco ninguna diadema en los cabellos, pero sí dos ojos llenos de bondad, aunque, claro está, un hada puede adoptar toda clase de figuras.
Esta vez se parecía, sin embargo, a la anciana mujer del mensajero, con su tosca falda de lana gris. Llevaba un pesado cesto del brazo y dijo, sonriendo a la niña, al alejarse:

-Tú eres ya un hada de los deseos. Lo que ocurre es tan sólo que no has probado nunca, hasta ahora, tu poder. ¡Ve hacia tu madre! Tú puedes convertir en realidad todos sus deseos.

La pequeña Margarita la contempló asombrada. ¿No sería un sueño? Alargó los brazos, miró hacia la radiante luz del sol y exhaló luego un profundo suspiro. Después se apresuró, a grandes saltos, por el sendero de la pradera, al encuentro de su madre.

-¡Madrecita! ¿Tienes tú algún deseo?

-¡Oh, sí! Ve corriendo hasta la aldea y compra sal para la sopa.

La niña se rió y voló montaña abajo. ¡Cuán maravilloso era poder convertir en realidad los deseos!

-¡Madrecita, desea otra cosa! -rogó Margarita a su regreso.

-Si alguien me pusiera la mesa, estaría yo muy contenta.

Se rió de nuevo la chiquilla. Mantel y cubiertos fueron rápidamente colocados, sin olvidar tampoco los vasos ni el cestito del pan, y todo le salía tan ligero de la mano como es propio de una deliciosa hada de los deseos.

-¡Y ahora, el tercer deseo, madrecita!

-Niña, que no hables siempre tanto durante la comida. Papá necesita un poco de tranquilidad en las vacaciones.

-¡Sea! -dijo Margarita sonriendo a la madre-. Y así fue: durante la comida no pronunció una sola palabra, si no era preguntada.

-¿Qué le ocurre a nuestra Margarita? Está completamente cambiada -se admiró el padre.

-Soy el hada de los deseos -gritó, jubilosa, la niña-, y desde ahora realizaré siempre los deseos de mi madrecita.

Entonces la madre, llena de alegría, juntó las manos. Miró a su hija como si la viera por primera vez. Margarita estaba junto a la ventana y los rayos solares resplandecían sobre la blonda cabellera. Toda la muchacha resplandecía. Parecía verdaderamente una pequeña hada, por lo que la madre exclamó:

-¡cuán grande es mi suerte!

jueves, 13 de mayo de 2010

El amor siempre vence




¿Te gustan las adivinanzas? ¿Crees que tienen relación con el enigma de la existencia?
La mayoría de nuestros deseos los conseguimos con la sabiduría del corazón y no con la necedad de la violencia.




En la China imperial reinaba un emperador que estaba desesperado porque su única hija, llamada Turandot, era fría, caprichosa, despiadada y, encima, no quería casarse. El emperador, harto de esta situación, le dio un ultimátum: "O te casas o te echo del palacio sin contemplaciones". La princesa aceptó, pero puso una condición: los pretendientes se someterían a una prueba, y si no la superaban, ella misma les cortaría la cabeza. Al cabo de los días, las cabezas de los pretendientes se amontonaban en el palacio, y la princesa ardía de satisfacción.

Pero se presentó un apuesto guerrero para afrontar el reto. La princesa le propuso un acertijo: "Lo mata todo, pero el agua lo mata"? "¡El fuego!", contestó el joven.

La princesa propuso una segunda adivinanza: "Soy duro como una roca, pero la gente me bebe"? El joven contestó: "¡El hielo!".

Y llegó el momento del último acertijo: "Es un hielo que te da fuego, y cuanto más fuego te da, más hielo se vuelve"? El joven pensaba sin encontrar respuesta, pero al ver a la fría princesa sintió tal ardor en su corazón que "Turandot!", exclamó plenamente seguro. Y la princesa no tuvo más remedio que caer rendida a sus brazos.
__________________

miércoles, 12 de mayo de 2010

Cola de Pescado


Si lanzas la red
El fondo del mar,
En Cola de Pescado
No puedes pescar.
Fue a buscar la corona
Que el rey tiró
Y ahora vive con los peces,
Los pulpos y los calamares

Es una canción que cantan en Sicilia, esa isla que Italia tiene en la punta de la bota.
Esta canción habla de Giusepino, un niño que, como se pasaba el día en el agua, pues acabó como tenía que acabar. Pero, quizás vale más que os cuente la historia desde el comienzo.

En Giusepino era un niño fascinado por el mar. Todavía no sabía andar, que ya nadaba y buceaba. Y si alguien pensaba que un día se cansaría, de tanto vivir en remojo, pues se equivocaba. Porque en Giusepino se fue haciendo mayor y el trabajo era que saliera del mar.

Se pasaba tantas horas, en el agua, que en Giusepino era casi un pez más. Y si no lo acababa de ser era porque tenía pelo, nariz, dos orejas y unas mejillas muy rojas.

Pero en Giusepino soñaba que era un pez. Y, claro, como que sólo salía del agua para ir a dormir, pues pasó lo que tenía que pasar.
Y es que de tanto nadar y bucear, un día, las piernas se le transformaron en la cola de un pez.
En Giusepino era feliz con la cola de pescado. Chapoteaba, saltaba y se zambullía como un delfín. Y jugaba al escondite con sus amigos: tres anchoas huérfanas y un muelle rojo.
Y desde aquel día, todo el mundo le dejó de decir Giusepino para decirle: cola de pescado

La mágica transformación de en Cola de Pescado pasó de boca en boca hasta que llegó a la otra punta de la isla.
Todo el mundo hablaba de Giusepino, perdón, de Cola de Pescado. Y la gente explicaba tantas historias, que un día llegaron hasta el palacio del rey Miquelino IV.
- ¿Qué dice que hace? -Preguntaba el monarca, que era un poco sordo.
- Dicen que como es amigo de los peces, en Cola de Pescado rompe las redes de los marineros-respondía muy preocupado el ministro de Pesca.
-¿Así que este Cola de Pescado sabe mucho, de bucear? Pues quiero que llevéis aquí inmediatamente-ordenó el rey, señalando el lugar exacto-. Dígale que le quiero encargar una misión muy importante.

Hacía tiempo que el rey Miquelino IV llevaba una de cabeza. Se había propuesto averiguar qué había bajo la isla, en el fondo del mar.
- Quiero que ahora mismo te zambulle y que no vuelvas hasta que no descubras qué se esconde bajo la isla-ordenó el rey a en Cola de Pescado, que se había presentado a la cita acompañado por las tres anchoas huérfanos y muelle rojo.

En Cola de Pescado obedeció inmediatamente la orden del rey. Buceo y buceo horas y horas hacia el fondo del mar.
Cuando hacía un día que estaba bajo el agua, en Cola de Pescado se encontró cara a cara con un pez enorme que dormía bajo la isla. Era tan grande y tan feo, que cuando lo vieron, en Cola de Pescado y sus amigos se detuvo muertos de miedo y media vuelta hacia la superficie.
Al rey no le convencieron las explicaciones que en Cola de Pescado y sus amigos le dieron.
- ¡Historias!-gritaba el rey Miquelino muy enfadado-. ¿Qué quiere decir que no quieres volver? ¡Te mando que ahora mismo te vuelvas a zambullir!

Y como el monarca veía que en Cola de Pescado no le hacía caso, pensó que si se quitaba la corona y la lanzaba al mar, en Cola de Pescado no se podría negar.
- Ve a buscar. Que un rey sin corona no puede gobernar.

Tardó poco, en Cola de Pescado, a recuperar la corona.
Pero una vez la tuvo en las manos, en Cola de Pescado se dio cuenta de que con esa corona él también podía reinar.
- ¿Qué hacemos, amigos?-preguntó en Cola de Pescado a las tres anchoas huérfanas y el muelle rojo-. Nos quedamos a vivir en el fondo del mar o volvemos la corona al rey Miquelino

Y sus inseparables amigos le indicaron el camino más rápido hacia el fondo del mar.
El rey Miquelino se esperó más de una semana que volviera, hasta que se cansó, convencido de que en Cola de Pescado se había ahogado. Pero dice la voz popular que en Cola de Pescado, ahora, es el rey de las profundidades.

Y es verdad. Porque vive feliz, con la corona hasta las orejas y su trono submarino. Rodeado en todo momento de sus inseparables amigos: las tres anchoas huérfanos y el muelle rojo.
Ya lo dice la canción:

Si lanzas la red
El fondo del mar,
En Cola de Pescado
No puedes pescar.
Fue a buscar la corona
Que el rey tiró
Y ahora vive con los peces,
Los pulpos y los calamares.

martes, 11 de mayo de 2010

El Gallo Quirico

Esta es la historia del gallo Quirico que iba a la boda de su tío Perico:

El gallo Quirico iba a la boda de su tío Perico, tenía muuucha hambre. Por el camino, se encontró un gusanito y pensó:

_ " ¡Qué hambre tengo!, me comería este gusanito en un abrir y cerrar de ojos". "Pero... si como me mancho el pico y no puedo ir a la boda de mi tío Perico. Si no pico... me muero de hambre". ¿Pico o no pico? Y fue y picó.

Siguió caminando alegre por el camino tan contento y con el buche lleno. Al cruzar un río se dio cuenta que tenía el pico sucio:

_ ¡Oh, mi pico! Así no puedo ir a la boda.

Pidió a la hierba:

_ "Hierba, límpiame el pico que voy a la boda de mi tío Perico.
_¡Muy bien, gallo Quirico!, pero antes dime ¿Dónde está el gusano Gusanito?
_ No sé, no lo he visto.

Se oyó una vocecita: "Aquí estoy, en la pechuga del gallo Quirico".

_ Por mentiroso... límpiate tú el pico.

Siguió caminando y encontró una oveja y dijo:

_ Oveja, come a la hierba, que no ha querido limpiarme el pico para ir a la boda de mi tío Perico.
_¡Muy bien, gallo Quirico!, pero antes dime ¿Dónde está el gusano Gusanito? _ No sé, no lo he visto.

Se oyó una vocecita: "Aquí estoy, en la pechuga del gallo Quirico".

_ Por mentiroso... límpiate tú el pico.

Buscó un palo y le dijo:

_ Palo, pega a la oveja, que la oveja no quiso comer la hierba que no quiso limpiarme el pico para ir a la boda de mi tío Perico.

_¡Muy bien, gallo Quirico!, pero antes dime ¿Dónde está el gusano Gusanito?
_ No sé, no lo he visto.

Se oyó una vocecita: "Aquí estoy, en la pechuga del gallo Quirico".

_ Por mentiroso... límpiate tú el pico.

Como el palo no quiso, fue en busca del fuego y le dijo:

_ Fuego, quema al palo, que no quiso pegar a la oveja, que no quiso comerse la hierba que no quiso limpiarme el pico, para poder ir a la boda de su tío Perico.

_¡Muy bien, gallo Quirico!, pero antes dime ¿Dónde está el gusano Gusanito?
_ No sé, no lo he visto.

Se oyó una vocecita: "Aquí estoy, en la pechuga del gallo Quirico".

_ Por mentiroso... límpiate tú el pico.

Como el fuego no quiso quemar el pelo, fue a ver al agua y le dijo:

_ Agua, apaga el fuego que no quiso quemar al palo, que no quiso pegar a la oveja, que no quiso comerse la hierba que no quiso limpiarme el pico, para poder ir a la boda de su tío Perico.

_¡Muy bien, gallo Quirico!, pero antes dime ¿Dónde está el gusano Gusanito?
_ No sé, no lo he visto.

Se oyó una vocecita: "Aquí estoy, en la pechuga del gallo Quirico".

_ Por mentiroso y haber comido al gusano Gusanito... ¡Límpiate tú el pico!

Arrepentido el gallo Quirico por haberse comido al gusano Gusanito... se puso con la cabeza para abajo. Y así...."pico abajo" salió enterito el gusano Gusanito.

El agua no tuvo que apagar el fuego, el fuego no quemó el palo, el palo no pegó a la oveja, la oveja no se comió la hierba, y la hierba limpió el pico al gallo Quirico y ... por fin, pudo llegar feliz y contento a la boda de su tío Perico.


lunes, 10 de mayo de 2010

El soldadito de plomo


El soldadito de plomo, cuento popular del mundo.
Originario de Dinamarca de donde era su autor el reconocidísimo Hans Christian Andersen.


Había una vez un juguetero que fabricó un ejército de soldaditos de plomo, muy derecho y elegante. Cada uno llevaba un fusil al hombro, una chaqueta roja, pantalones azules y un sombrero negro alto con una insignia dorada al frente. Al juguetero no le alcanzó el plomo para el último soldadito y lo tuvo que dejar sin una pierna.

Pronto, los soldaditos se encontraban en la vitrina de una tienda de juguetes. Un señor los compró para regalárselos a su hijo por su cumpleaños. Cuando el niño abrió la caja, en presencia de sus hermanos, el soldadito sin pierna le llamó mucho la atención.
El soldadito se encontró de pronto frente a un castillo de cartón con cisnes flotando a su alrededor en un lago de espejos.

Frente a la entrada había una preciosa bailarina de papel. Llevaba una falda rosada de tul y una banda azul sobre la que brillaba una lentejuela. La bailarina tenía los brazos alzados y una pierna levantada hacia atrás, de tal manera que no se le alcanzaba a ver. ¡Era muy hermosa!

"Es la chica para mí", pensó el soldadito de plomo, convencido de que a la bailarina le faltaba una pierna como a él. Esa noche, cuando ya todos en la casa se habían ido a dormir, los juguetes comenzaron a divertirse. El cascanueces hacía piruetas mientras que los demás juguetes bailaban y corrían por todas partes.

Los únicos juguetes que no se movían eran el soldadito de plomo y la hermosa bailarina de papel. Inmóviles, se miraban el uno al otro. De repente, dieron las doce de la noche. La tapa de la caja de sorpresas se abrió y de ella saltó un duende con expresión malvada.

- ¿Tú qué miras, soldado? -gritó.

El soldadito siguió con la mirada fija al frente.

- Está bien. Ya verás lo que te pasará mañana -anunció el duende.

A la mañana siguiente, el niño jugó un rato con su soldadito de plomo y luego lo puso en el borde de la ventana, que estaba abierta. A lo mejor fue el viento, o quizás fue el duende malo, lo cierto es que el soldadito de plomo se cayó a la calle.

El niño corrió hacia la ventana, pero desde el tercer piso no se alcanzaba a ver nada.

- ¿Puedo bajar a buscar a mi soldadito? -preguntó el niño a la criada. Pero ella se negó, pues estaba lloviendo muy fuerte para que el niño saliera. La criada cerró la ventana y el niño tuvo que resignarse a perder su juguete.

Afuera, unos niños de la calle jugaban bajo la lluvia. Fueron ellos quienes encontraron al soldadito de plomo cabeza abajo, con el fusil clavado entre dos adoquines.

- ¡Hagámosle un barco de papel! -gritó uno de los chicos. Llovía tan fuerte que se había formado un pequeño río por los bordes de las calles. Los chicos hicieron un barco con un viejo periódico, metieron al soldadito allí y lo pusieron a navegar.


El soldadito permanecía erguido mientras el barquito de papel se dejaba llevar por la corriente. Pronto se metió en una alcantarilla y por allí siguió navegando.

"¿A dónde iré a parar?" pensó el soldadito. "El culpable de esto es el duende malo. Claro que no me importaría si estuviera conmigo la hermosa bailarina."

En ese momento, apareció una rata enorme.

-¡Alto ahí! -gritó con voz chillona-. Págame el peaje.

Pero el soldadito de plomo no podía hacer nada para detenerse. El barco de papel siguió navegando por la alcantarilla hasta que llegó al canal. Pero, ya estaba tan mojado que no pudo seguir a flote y empezó a naufragar. Por fin, el papel se deshizo completamente y el erguido soldadito de plomo se hundió en el agua. Justo antes de llegar al fondo, un pez gordo se lo tragó.

-¡Qué oscuro está aquí dentro! -dijo el soldadito de plomo-. ¡Mucho más oscuro que en la caja de juguetes!

El pez, con el soldadito en el estómago, nadó por todo el canal hasta llegar al mar.

El soldadito de plomo extrañaba la habitación de los niños, los juguetes, el castillo de cartón y extrañaba sobre todo a la hermosa bailarina.

-" Creo que no los volveré a ver nunca más", suspiró con tristeza. El soldadito de plomo no tenía la menor idea de dónde se hallaba. Sin embargo, la suerte quiso que unos pescadores pasaran por allí y atraparan al pez con su red.

El barco de pesca regresó a la ciudad con su cargamento. Al poco tiempo, el pescado fresco ya estaba en el mercado; justo donde hacía las compras la criada de la casa del niño. Después de mirar la selección de pescados, se decidió por el más grande: el que tenía al soldadito de plomo adentro.

La criada regresó a la casa y le entregó el pescado a la cocinera.

- ¡Qué buen pescado! -exclamó la cocinera.

Enseguida, tomó un cuchillo y se dispuso a preparar el pescado para meterlo al horno.

- Aquí hay algo duro -murmuró. Luego, llena de sorpresa, sacó al soldadito de plomo.

La criada lo reconoció de inmediato.

- ¡Es el soldadito que se le cayó al niño por la ventana! -exclamó.

El niño se puso muy feliz cuando supo que su soldadito de plomo había aparecido. El soldadito, por su parte, estaba un poco aturdido. Había pasado tanto tiempo en la oscuridad. Finalmente, se dio cuenta de que estaba de nuevo en casa. En la mesa vio los mismos juguetes de siempre, y también el castillo con el lago de espejos. Al frente estaba la bailarina, apoyada en una pierna. Habría llorado de la emoción si hubiera tenido lágrimas, pero se limitó a mirarla. Ella lo miraba también.

De repente, el hermano del niño agarró al soldadito de plomo diciendo:

- Este soldado no sirve para nada. Sólo tiene una pierna. Además, apesta a pescado.

Todos vieron aterrados cómo el muchacho arrojaba al soldadito de plomo al fuego de la chimenea. El soldadito cayó de pie en medio de las llamas. Los colores de su uniforme desvanecían a medida que se derretía. De pronto, una ráfaga de viento arrancó a la bailarina de la entrada del castillo y la llevó como a un ave de papel hasta el fuego, junto al soldadito de plomo. Una llamarada la consumió en un segundo.

A la mañana siguiente, la criada fue a limpiar la chimenea. En medio de las cenizas encontró un pedazo de plomo en forma de corazón. Al lado, negra como el carbón, estaba la lentejuela de la bailarina.

FIN

Videocuento colgado en YouTube, versión del mismo cuento

domingo, 9 de mayo de 2010

Benet de Montgarran o el Nacimiento de las Árdenas

Hace muchos años reinaba Benet de Montgarran las tierras de Namur. Vivía en un castillo dentro de la roca de una alta colina.
Entonces las Árdenas no existían, pero he aquí que esta historia hablará de su nacimiento.

Benet de Montgarran tenía las torres más bellas del país, los bosques repletos de caza y, por su bondad natural nunca abusó de su derecho señorial. Era querido por los siervos y agricultores y se podía asegurar que en treinta millas a la redonda no había otro país más próspero y feliz.
La prosperidad de sus territorios producía la envidia de los señores vecinos.

Había otro personaje que estaba muy descontento de la alegría que envolvía al pueblo de Benet. Éste, maestro de los maleficios, fuerte como cien hombres y alto como una montaña era el diablo.

Después de una larga noche de diez años, el diablo salió de las tinieblas y desde una gruta contempló la tierra. Por todas partes veía a gente que luchaban, quemaban las casas y cosechas se perdían. El diablo mientras observa esto era feliz y volvía a dormir.

De pronto, la mirada del diablo se encontró con las tierras de Benet. Vio a la gente bailar y las cosechas que crecían en el campo.

A partir de ese momento, muy enfadado, propuso acabar con lo que había visto. Envió demonios, lobos feroces y todas las bestias malvadas y diabólicas que encontró para destruir las tierras de Benet.

Estos malvados personajes lanzaron maleficios sobre las cosechas, los lobos asustaron a los habitantes y las bestias feroces devoraban sus animales.
Benet veía destruirse la prosperidad de su país, la gente se sentía triste y las tierras cada vez más pobres. Un día los magos buenos del castillo encontraron unos poderes capaces de destruir las bestias enviadas por el diablo.
Pronto volvió la alegría nuevamente a las tierras de Benet.

Al despertar nuevamente el diablo, pensando en la destrucción de las tierras de Benet observó desesperadamente que su plan había fracasado. Su cólera era tan grande que decidió él personalmente acabar con aquella situación de alegría y prosperidad.

El diablo fue a buscar una roca inmensa al fondo del mar, que era dos veces más alta que él. Se la cargó a su espalda y partió hacia las tierras de Namur. Caminó dos días y dos noches con la piedra a sus espaldas, viajó desde Portugal a Francia y pronto llegaría al país de Benet.

Benet, avisado por un mago de que el diablo venía dispuesto a destruir su castillo y su país, buscó con astucia una solución para evitar el desastre. Al fin la encontró: acumuló todos los zapatos viejos y destrozados que pudo conseguir de su pueblo y vestido con harapos, como si de un pobre viajero se tratase, fue a la búsqueda del diablo.

Caminó largas horas hasta que lo encontró, sofocado, muerto de fatiga y con los pies destrozados.

El diablo confundiéndole con un simple viajero le preguntó:
- ¿Quedan muy lejos las tierras de Benet de Montgarran?
- ¡No puedes imaginar cuanto! – dijo Benet- mire yo vengo de allí y ya he gastado todos estos zapatos.

El diablo quedó abatido. Renunció a su proyecto destructor y volvió a la profundidad de las tinieblas, dejando allí la piedra inmensa, que rodó por toda la tierra ocasionando un gran estruendo.

A partir de aquel día Benet y su pueblo no volvieron a sufrir ningún ataque más y vivieron en paz y prosperidad en sus tierras. La roca quedó allí, donde han crecido bosques espesos. Son los que ahora se conocen como los bosques de las Árdenas.

sábado, 8 de mayo de 2010

El nacimiento de los caballos marinos

Una leyenda que nos descubre como hace miles y miles de años, en un lugar desconocido de la tierra, hubo un hecho fabuloso y sobrenatural: El nacimiento de los caballos marinos.

No me pregunte dónde estaba, porque poco se sabe. Sólo os puedo decir que era un país lleno de montañas escarpadas, pero tampoco sabemos si hacía frío o calor, si la tierra era verde o desértica o qué árboles formaban la vegetación.
No importa, amigas y amigos, el hecho es que entre los valles y colinas, cabalgaban libres y salvajes dos magníficos caballos.

Eran dos pura sangres majestuosos. Ágiles y rápidos como el viento. Con las patas bien fuertes y musculadas y con unas colas larguísimas y peludas que no paraban nunca quietas.

Los dos caballos se pasaban todo el día trotando y saltando arriba y abajo. Jugando a hacer carreras o corriente de un lado a otro.
Pero he aquí que un día, a lo lejos, oyeron el espantoso gruñir de unas fieras.

Tenían las orejas tan finas que no les engañaban nunca. Efectivamente, ese sonido espantoso no era otra cosa que los gruñidos de un grupo de perros que se les acercaban a toda velocidad.

Los dos caballos enseguida entendieron que aquellos perros les querían comer. Paralizados por el miedo, asustados y desorientados, los caballos no sabían hacia dónde huir. Y no fue hasta que vieron cómo se les acercaba el primer perro que echó a correr hacia todos lados.

Uno, dos, tres... Madre mía! Si los perseguía toda una jauría rabiosa que no dejaba de gruñir y enseñar los dientes.

Completamente desconcertados, los caballos tomaron el peor camino que podían tomar: el camino que llevaba a la cima de los acantilados.

Los caballos se dieron cuenta que solos habían metido en una trampa porque habían tomado un camino sin salida.

Los caballos corrían y corrían. Y iban tan deprisa, que enseguida fueron junto al acantilado. Era el momento de detenerse en seco o ya no podrían frenar a tiempo y caería descalabro.
Una de dos, o se dejaban comida o saltaban por el abismo. Y los caballos decidieron saltar.

Ninguno de los dos no paró de correr, ni mirar atrás. Ninguno de los dos no dudó ni una milésima de segundo que era mejor saltar. Saltando, tenían una mínima esperanza de sobrevivir o morirían devorados por aquellos perros rabiosos.

Que valientes que fueron los caballos!
Ambos corrieron aún más para tomar impulso y saltar mientras relinchan quién sabe si por última vez.Los caballos volaron durante un buen rato. Caían con la cola y las patas bien estiradas para equilibrarse y poder amortiguar el golpe.

Pero aún así, el choque contra el agua fue bestial. Atontados por el golpe, los caballos se empezaron a hundirse en las profundidades del mar.

Entonces sucedió algo prodigioso. Cuando los caballos ya empezaban a perder el mundo de vista, cuando estaban a punto de morir ahogados, se empezaron a transformar de una manera mágica. De repente podían respirar bajo el agua. Las patas traseras se juntaron y se transformaron en una cola llena de escamas y las patas delanteras se fueron haciendo pequeñas y pequeñas hasta convertirse en aletas.
Y los peces que pasaban por allí quedaron boquiabiertos cuando vieron el espectáculo de dos magníficos pura sangres que se convertían... en caballetes marinos.
Y la leyenda termina diciendo que los perros se quedaron sin comer, porque no se atrevieron saltar hacia las profundidades del mar.