Mostrando entradas con la etiqueta francia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta francia. Mostrar todas las entradas

sábado, 15 de mayo de 2010

La princesa que no sabia reir

Había una vez una princesa que no sabía reír; es más, ni siquiera sabía sonreír.

El rey, su padre, mandó llamar a varios bufones a su castillo. Uno de ellos se paró de cabeza, otro le hizo graciosos gestos a la princesa; alguno le hizo cosquillas en la nariz con una pluma. Pero no lograron que ella se riera.

Cerca del castillo, vivían una mujer humilde y su hijo. El muchacho realizaba sus labores cotidianas de manera muy especial: Si su madre le decía que lavara las zanahorias, ¡las tallaba en una tabla de lavar!
Pero era muy simpático, igual que su nombre: Tribilín.

Cierto día, la madre de Tribilín se dio cuenta de que en la alacena no había comida suficiente ni para un ratón. Entonces llamó a su hijo y le ordenó:
- Tribilín, no tenemos más que pan rancio para la cena. Ve al castillo a pedir empleo.
-Está bien, mamá -repuso él-. Así lo haré. No te preocupes.

Al llegar al castillo, Tribilín vio a la princesa y le sonrió.
Pero ella no le devolvió la sonrisa.
"¿Por qué no sonreirá la princesa?", se preguntó nuestro amigo. y sin dejar de mirarla, siguió caminando.

De pronto, tropezó con una piedra.

Sus manos revolotearon en un sentido y los pies en otro, hasta que, finalmente, cayó de boca en el suelo.
La princesa contempló la graciosa escena, pero te equivocas si crees que se echó a reír. Ni siquiera sonrió.

Tribilín encontró empleo en el gallinero real. Su trabajo consistía en recoger los huevos de los nidos.

Al terminar, recibió en pago una docena de huevos frescos.
-¡Viva! –Exclamó Tribilín-. ¡Huevos frescos para la cena!
Y corrió a mostrárselos a su madre.
Tan entusiasmado iba, que no veía donde pisaba, y volvió a tropezar con la misma piedra.

Sus pies revolotearon en un sentido y sus manos en otro. Los huevos volaron por los aires.
Tribilín trató de atrapar los huevos antes de que cayeran; pero cuando lograba agarrar uno, se le resbalaba de las manos.

La princesa contemplo tan chusca maniobra.Ni siquiera sonrió.
-Si hubieras puesto los huevos en tu sombrero, nada les habría pasado – comentó la madre de Tribilín cuando se entero de lo ocurrido.
-No te preocupes, mamá –dijo él-. Lo haré así la próxima vez.

Al día siguiente, Tribilín trabajo en el establo real, ordeñando vacas.
Cuando terminó, recibió en pago un cubo de leche.
-¡Bravo! –gritó Tribilín-. ¡Leche fresca!
Y corrió a llevársela a su madre.

Al llegar a la puerta del castillo, Tribilín recordó lo que su madre le había aconsejado.

Así pues, vació la leche en el sombrero.
Luego se lo puso…. Y, claro, se dio un baño.
La leche le entró en los oídos y le escurrió debajo de la camisa.
La princesa, desde la ventana, observo lo ocurrido.
Cualquiera se hubiera reído al contemplar espectáculo tan ridículo, pero no la princesa.

Ella ni siquiera sonrío.
-¡Si hubieras traído el cubo en las manos, nada habría pasado! –dijo la madre de Tribilín cuando se entero de lo ocurrido.
-Descuida, mamá –repuso él-. Lo haré así la próxima vez.
Tribilín trabajo el día siguiente dando de comer a los cerdos.
En pago, el porquerizo le dio un travieso cerdito.
-¡Un cerdito! –exclamó Tribilín. Apenas podía esperar para mostrárselo a su madre.

Sin embargo, al recordar lo que ella le había dicho, trató de levantar al animalito.
Pero como el cerdito tenía la piel muy gruesa, se le escapó…

Corrió ágilmente por un lodazal, y Tribilín lo persiguió.
Luego, el cerdito se metió en un montón de paja, y Tribilín lo siguió pero el animalito, más rápido que su perseguidor, logró huir.
Desde la ventana, la princesa miró a Tribilín, que estaba cubierto de lodo y paja.

Pero, ¿Crees que se rió?
No. Ni siquiera sonrió.

Esa noche, la madre de Tribilín lo recibió en la puerta, y al enterarse de lo que había pasado con el cerdo, exclamó:
-Pero, ¿en donde tienes la cabeza?
Si hubieras traído al cerdo tirándolo de una cuerda, nada habría sucedido.
-No te preocupes, mamá –dijo él-. La próxima vez haré como me dices.

Al otro día, Tribilín trabajo en la cocina real, lavando los trastos. Cuando terminó, el cocinero le dio un enorme pescado.
-Cuando mi mamá vea este pescado –dijo Tribilín-, se le pasará el enojo.
Luego recordó lo que su madre le había dicho; así que, con todo cuidado, ató el pescado con una cuerda.

Y así tirando de él, se dirigió a su casa.

En eso, unos gatos olfatearon el pescado, y corrieron tras él para darse un banquete.
Cuando Tribilín pasó frente a la ventana de la princesa, del pez solo quedaba el esqueleto.
Pero t equivocas si crees que la princesa rió al verlo.
Ni siquiera sonrió.

Esa noche, Tribilín le contó a su madre cómo había perdido el pescado.
-¡Cabeza de chorlito! –exclamó ella-.
Hubieras traído el pescado al hombro y nada le hubiera pasado.
-No te preocupes, mamá, así lo haré la próxima vez.
A la mañana siguiente, muy temprano, Tribilín fue al castillo. Esta vez le encargaron que limpiara los establos.

Tan bien hizo su trabajo, que el encargado le regalo una vaca.
-¡Con esta vaca, mi madre se hará rica! -exclamó Tribilín-. Pero, ¿Cómo la llevaré a casa?

Entonces recordó lo que su madre le había dicho la noche anterior.
Se quitó e sombrero y se lo puso a la vaca; en seguida, le sujetó el chaleco alrededor del pescuezo.

Después, camino a gatas y se metió debajo del animal.
-¡Como pesa esta vaca! –exclamó cuando con grandes esfuerzos trató de ponerse en pie.

Por fin pudo levantarse, con la vaca sobre los hombros.
La princesa, que estaba en su ventana, vio que Tribilín se acercaba con la vaca al hombro.

¿Y sabes lo que ocurrió?
Se echó a reír con tal fuerza, que le dolió el estómago y los oídos estaban a punto de estallarle.

Y reía, y reía…
¡El rey no podía creerlo!
-Si ese joven puede hacer reír a la princesa –dijo-, será mejor que se quede aquí para siempre.

Por tanto, mandó llamar a Tribilín y le preguntó si quería vivir en el castillo.
-¡De mil amores –respondió-, pero sólo si mamá quiere venir conmigo!
Al día siguiente, Tribilín y su madre se mudaron al palacio.
Y allí vivieron felices para siempre.

domingo, 25 de abril de 2010

La cenicienta

Charles Perrault.

Érase una vez un gentil hombre que se casó en segundas nupcias con una mujer tan altanera y orgullosa como nadie ha visto jamás. Esta tenía dos hijas que habían heredado su carácter y que se le parecían en todas las cosas. Por su parte, el marido aportó al nuevo matrimonio una hija, más de una dulzura y de una bondad ejemplares pues ella se parecía en todo a su madre que había sido la mejor mujer del mundo.
Apenas se hubo casado, la madrastra sacó todo su mal carácter; no podía sufrir las buenas cualidades de su hijastra que convertían a sus propias hijas en más odiosas todavía., y la cargó con los trabajos caseros más pesados y desagradables; haciéndole fregar la vajilla y limpiar su habitación y la de sus hijas. La pobre niña dormía en la torre de un granero, sobre la paja, mientras que sus hermanastras lo hacían en unas alcobas con parquet, en donde sus camas eran a la moda y había grandes espejos de cuerpo entero en donde verse reflejadas.

La pobre niña lo sufría todo con paciencia y no osaba quejarse a su padre que la habría regañado porque aquella esposa le dominaba por entero.

Cuando la jovencita había realizado todas sus tareas, se iba a un rincón de la chimenea sentándose sobre las cenizas, lo cual hacía que la denominasen comúnmente con el mote de Carbonilla. La hermanastra pequeña, que no era tan mala como la mayor, la llamaba Cenicienta, pero Cenicienta, con sus ropas viejas no dejaba de ser cien veces más bella que sus hermanastras, a pesar de que ambas vestían con magnificencia.

Y sucedió que el hijo del rey dio un baile e invitó a todas las personas de calidad, siendo nuestras dos señoritas también invitadas, pues ellas pertenecían a las familias importantes del país, por tanto, helas aquí satisfechas y muy ocupadas en escoger los vestidos y los peinados que pudieran irles mejor, lo que causó nuevas penas a Cenicienta ya que era ella quien repasaba las ropas de sus hermanastras, quien almidonaba sus puños y las oía hablar de la forma en que iban a engalanarse.

-Yo –decía la mayor-, me pondré mi traje de terciopelo rojo y mi aderezo de Inglaterra.

-Yo –decía la pequeña-, me pondré mi falda de cada día, acompañada por mi mantón de flores de oro y mi diadema de diamantes, que no deja a nadie indiferente.

Como era preciso buscar a una buena peluquera para peinarlas como correspondía a su rango eso hicieron pero también llamaron a Cenicienta para pedirle su opinión ya que tenía muy buen gusto.

Cenicienta les aconsejó lo mejor que supo e incluso se ofreció ella misma a retocarles el peinado, lo que las hermanastras aceptaron, pues era lo que ellas esperaban y con tal fin la habían hecho llamar.

Mientras las peinaba, ellas le decían:
-Cenicienta, ¿te gustaría ir al baile?
-¡Ay, señoritas, todos se burlarían de mí, y esto no es lo que me hace falta!
-Tienes razón, ¡la gente se reiría mucho viendo a una sucia Carbonilla ir al baile!

Otra que no fuera Cenicienta las habría peinado mal, pero ella era buena y las peinó perfectamente bien.

Las hermanastras estuvieron cerca de dos días sin comer ya que deseaban lucir una buena figura. Mas a pesar de eso, se rompieron más de doce lazadas a fuerza de tirar para convertirles el talle en más breve, y ellas estaban siempre delante del espejo contemplándose.

En fin, que el feliz día llegó y las hermanastras marcharon. Cenicienta las siguió con los ojos durante mucho tiempo, hasta que ya dejó de verlas y entonces, se puso a sollozar.

Su hada madrina, sorprendiéndola toda llorosa, le preguntó que le pasaba.
-¡Yo querría, yo querría... !

Cenicienta sollozaba tan fuerte que no pudo acabar. Su madrina, inquirió:
-Tú querrías ir al baile, ¿no es verdad?.
-¡Ay, sí! –dijo Cenicienta suspirando..
-Bien, si eres una buena chica –respondió el hada-, yo te haré ir.

Ella la llevó a su habitación, y le dijo.
-Ve al jardín y tráeme una calabaza.

Cenicienta fue a escoger la más hermosa que pudo encontrar, y la llevó a su madrina, no pudiendo adivinar como esa calabaza podría hacerla ir al baile.. Su madrina revisó la calabaza para que no tuviese algún defecto, y entonces la tocó con su varita y la calabaza se transformó en una bella carroza dorada.

Enseguida ella se fue a mirar en la ratonera, donde encontró seis ratones vivos, y le dijo a Cenicienta que levantase la trampilla y a cada ratón que salía, le daba un golpe de varita y el roedor se transformaba en un hermoso caballo, así hasta que tuvo una caballería completa, de un bello color gris-ratón; como allí faltaba el cochero, dijo Cenicienta:
-Voy a ver, si alguna rata ha caído en la trampa, y tendremos el cochero.
-Tienes razón –replicó su madrina-, ves a verlo.

Cenicienta le llevó la trampa donde había tres gruesas ratas. El hada eligió una de entre las tres, la que parecía el jefe, y tocándola, la convirtió en un gordo cochero, que lucía uno de los más hermosos mostachos que jamás se han visto. Enseguida añadió:
-Ve al jardín y encontrarás a seis lagartos detrás de la regadera, tráemelos.

Apenas Cenicienta se los hubo llevado, el hada madrina los cambió por seis lacayos, que se subieron detrás de la carroza con sus libreas llenas de galones, y que iban muy erguidos, como si no hubieran hecho otra cosa en su vida. El hada le dijo entonces a Cenicienta:
-Pues bien, he aquí con que ir al baile, ¿no estás contenta?
–Sí, pero, ¿es qué yo voy a ir con estos harapos?

Su madrina no hizo sino que tocar con la varita mágica las pobres ropas, y en ese mismo momento se transformaron en un traje de tejido de oro y de plata todo recamado de pedrería, también el hada le dio un par de zapatitos de cristal, los más hermosos del mundo.

Cuando Cenicienta se halló compuesta para el baile, montó en la carroza, pero su madrina le recomendó sobre todo de no irse después de medianoche, advirtiéndole que de permanecer en el baile un momento más, su carroza se convertiría en calabaza, sus caballos en ratones, sus lacayos en lagartos y que sus ropas andrajosas recobrarían el aspecto habitual.

Ella prometió a su madrina que partiría sin falta del baile antes de medianoche, marchando luego llena de felicidad.

El hijo del rey, a quien se le dijo que acababa de llegar una princesa que nadie conocía, corrió a recibirla, le dio la mano ayudándola a descender de la carroza, y la condujo al gran salón, se hizo entonces un repentino silencio, se paró de danzar y los violines enmudecieron, tan atentos estaban todos contemplando la belleza de aquella desconocida..

Se escuchaba un rumor confuso:
-¡Oh, que hermosa es!.

El rey mismo, a pesar de ser muy viejo, no dejaba de mirarla y de decirle a la reina en voz baja, que hacía tiempo que no había visto a nadie tan bella como a aquella linda dama. Las otras estaban atentas contemplando su peinado y sus ropas, para tener desde la mañana siguiente otros iguales caso que se encontrasen telas tan maravillosas y costureras tan hábiles.

El hijo del rey la situó en lugar de honor, y enseguida la invitó a danzar y ella bailó con tanta gracia que se la admiró todavía más.
Los criados dispusieron un refrigerio para los invitados pero el joven príncipe no comió nada, de tan embelesado que se hallaba contemplando a la desconocida.
Cenicienta fue a sentarse cerca de sus hermanastras y les hizo muchos cumplidos compartiendo con ambas las naranjas y los limones que el príncipe le había dado, lo cual impresionó a las hermanastras pues ellas no creían conocer a la hermosa dama.

Estaban charlando, cuando Cenicienta oyó sonar las once y tres cuartos de hora, entonces hizo una gran reverencia a todos y se marchó lo más deprisa que pudo.

En cuanto llegó a casa, fue a buscar a su madrina y después de haberle dado las gracias, le dijo que desearía ir al baile a la noche siguiente porque el hijo del rey se lo había rogado. Cuando ella estaba ocupada en contarle a su madrina todo lo sucedido, las hermanastras llamaron a la puerta y Cenicienta fue a abrirles:

-Cuanto habéis tardado en venir!- les dijo mientras se frotaba los párpados y se desperezaba como si acabase de despertarse; aunque la verdad es que no tenía nada de sueño.

-Si hubieses venido al baile –le dijo una de sus hermanastras-, no te habrías aburrido pues ha aparecido una bella princesa, la más bella que nadie haya visto jamás, y ha sido muy amable y atenta con nosotras y nos ha dado naranjas y limones.
Cenicienta estaba contentísima y les preguntó el nombre de la princesa, mas le respondieron que no la conocían, que el hijo del rey tampoco y que él daría todas las cosas de este mundo para saber quien era ella. Cenicienta sonrióse e interrogó.

-¿Ella era entonces tan hermosa? ¡Dios mío, si que tenéis suerte!, ¿no podría yo verla? Señorita Javotte, prestadme vuestro traje amarillo ese que os ponéis todos los días..

–¡Verdaderamente-dijo la señorita Javotte-, en eso estoy pensando!... ¡Si prestase mi vestido a una sucia Carbonilla como tú, estaría yo loca!

Cenicienta esperaba este rechazo, y se quedó muy satisfecha con la respuesta, porque hubiera sido un gran problema si su hermanastra le hubiera querido prestar el traje.

A la noche siguiente las dos hermanastras fueron al baile, y Cenicienta también, pero todavía mucho mejor engalanada que la primera vez.


El hijo del rey bailó con ella toda la noche y no cesó de decirle ternezas hasta el punto que la distrajo tanto que olvidó aquello que su madrina le había recomendado, de suerte que oyó sonar la primera campanada de medianoche, cuando no creía aún que fueran las once. Cenicienta huyó entonces con la ligereza de una cierva.

El príncipe la siguió, mas no la pudo atrapar, y ella, en la precipitación de la huída, dejó caer uno de sus zapatitos de cristal que el príncipe recogió con sumo cuidado.

Cenicienta llegó a su casa muy sofocada, sin carroza, sin lacayos, y con sus harapos, pues nada le quedaba de tanto esplendor más que el otro zapato de cristal, pareja del que había dejado caer..

Se preguntó a los guardias de la puerta de palacio si ellos habían visto salir a una princesa y dijeron que no habían visto salir a nadie como no fuera a una muchacha muy mal vestida que tenía más el aspecto de una campesina que no de una señorita.

Cuando sus dos hermanastras volvieron del baile, Cenicienta les preguntó si se divirtieron y si la bella dama había aparecido.


Ellas le dijeron que si, pero que había huido cuando llegó la medianoche, perdiendo uno de sus preciosos zapatitos de cristal, que el hijo del rey había recogido, y que éste no había hecho otra cosa sino mirarla durante todo el baile y que seguramente estaba enamorado de la hermosa a quien pertenecía ese zapatito.

Las hermanastras no mintieron, ya que pocos días después, el hijo del rey hizo publicar a son de trompetas que se casaría con aquella cuyo pie se ajustase al zapato de cristal.

Y comenzóse a probarlo a las princesas, siguiendo las duquesas, y a todas las damas de la corte, mas inútilmente.

Por fin la prueba llegó a la casa de las hermanastras, que hicieron todo lo posible para hacer entrar su pie dentro del zapatito, pero no pudieron lograrlo. Cenicienta que las miraba, y que reconoció su zapato, dijo sonriendo:
-¡Creo que yo puedo calzármelo!

Sus hermanastras se pusieron a reír y se burlaron de ella. El gentil hombre que efectuaba la prueba, habiendo contemplado atentamente a Cenicienta y encontrándola muy hermosa, dijo que era lo justo, y que él tenía la orden de probársela a todas las muchachas del reino, e hizo sentar a Cenicienta y acercando el zapato a su pie se vio que entraba perfectamente y que le iba como un guante.



La sorpresa de las hermanastras fue grande, pero más grande fue todavía cuando Cenicienta sacó de su bolsillo el otro zapatito que se calzó. En ese preciso instante hizo su aparición el hada madrina, quien, dando un toque de varita mágica sobre los harapos de Cenicienta, los convirtió en un traje mucho más deslumbrante que todos los anteriores.

Entonces las hermanastras la reconocieron como la bella dama que vieran en el baile y se tiraron a sus pies para pedirle perdón por todos los malos tratos de los que la habían hecho víctima. Cenicienta las levantó y les dijo, abrazándolas, que las perdonaba de todo corazón y que ella les pedía que a partir de ahora fueran buenas amigas.

Se condujo a Cenicienta al palacio del joven príncipe y él la encontró todavía más hermosa que nunca, casándose con ella pocos días después.
Cenicienta, que era tan bondadosa como bella, había hecho alojar a sus hermanastras en palacio y les hizo contraer matrimonio, el mismo día, con dos grandes señores de la corte.




Video de "Las tres bessones", conocidas por "Las tres mellizas", "The Triplets",... dependiendo del país que se puedan ver.
Serie de animación donde el tema principal son los cuentos, historias de todos los tiempos.
Edu3.cat

martes, 13 de abril de 2010

El gato con botas

Un molinero dejó, como única herencia a sus tres hijos, su molino, su burro y su gato. El reparto fue bien simple: no se necesitó llamar ni al abogado ni al notario. Habrían consumido todo el pobre patrimonio.

El mayor recibió el molino, el segundo se quedó con el burro y al menor le tocó sólo el gato. Este se lamentaba de su mísera herencia:

-Mis hermanos -decía- podrán ganarse la vida convenientemente trabajando juntos; lo que es yo, después de comerme a mi gato y de hacerme un manguito con su piel, me moriré de hambre.

El gato, que escuchaba estas palabras, pero se hacía el desentendido, le dijo en tono serio y pausado:

-No debéis afligiros, mi señor, no tenéis más que proporcionarme una bolsa y un par de botas para andar por entre los matorrales, y veréis que vuestra herencia no es tan pobre como pensáis.

Aunque el amo del gato no abrigara sobre esto grandes ilusiones, le había visto dar tantas muestras de agilidad para cazar ratas y ratones, como colgarse de los pies o esconderse en la harina para hacerse el muerto, que no desesperó de verse socorrido por él en su miseria.

Cuando el gato tuvo lo que había pedido, se colocó las botas y echándose la bolsa al cuello, sujetó los cordones de ésta con las dos patas delanteras, y se dirigió a un campo donde había muchos conejos. Puso afrecho y hierbas en su saco y tendiéndose en el suelo como si estuviese muerto, aguardó a que algún conejillo, poco conocedor aún de las astucias de este mundo, viniera a meter su hocico en la bolsa para comer lo que había dentro. No bien se hubo recostado, cuando se vio satisfecho. Un atolondrado conejillo se metió en el saco y el maestro gato, tirando los cordones, lo encerró y lo mató sin misericordia.

Muy ufano con su presa, fuese donde el rey y pidió hablar con él. Lo hicieron subir a los aposentos de Su Majestad donde, al entrar, hizo una gran reverencia ante el rey, y le dijo:

-He aquí, Majestad, un conejo de campo que el señor Marqués de Carabás (era el nombre que inventó para su amo) me ha encargado obsequiaros de su parte.

-Dile a tu amo, respondió el Rey, que le doy las gracias y que me agrada mucho.

En otra ocasión, se ocultó en un trigal, dejando siempre su saco abierto; y cuando en él entraron dos perdices, tiró los cordones y las cazó a ambas. Fue en seguida a ofrendarlas al Rey, tal como había hecho con el conejo de campo. El Rey recibió también con agrado las dos perdices, y ordenó que le diesen de beber.

El gato continuó así durante dos o tres meses llevándole de vez en cuando al Rey productos de caza de su amo. Un día supo que el Rey iría a pasear a orillas del río con su hija, la más hermosa princesa del mundo, y le dijo a su amo:

-Sí queréis seguir mi consejo, vuestra fortuna está hecha: no tenéis más que bañaros en el río, en el sitio que os mostraré, y en seguida yo haré lo demás.

El Marqués de Carabás hizo lo que su gato le aconsejó, sin saber de qué serviría. Mientras se estaba bañando, el Rey pasó por ahí, y el gato se puso a gritar con todas sus fuerzas:

-¡Socorro, socorro! ¡El señor Marqués de Carabás se está ahogando!

Al oír el grito, el Rey asomó la cabeza por la portezuela y, reconociendo al gato que tantas veces le había llevado caza, ordenó a sus guardias que acudieran rápidamente a socorrer al Marqués de Carabás. En tanto que sacaban del río al pobre Marqués, el gato se acercó a la carroza y le dijo al Rey que mientras su amo se estaba bañando, unos ladrones se habían llevado sus ropas pese a haber gritado ¡al ladrón! con todas sus fuerzas; el pícaro del gato las había escondido debajo de una enorme piedra.

El Rey ordenó de inmediato a los encargados de su guardarropa que fuesen en busca de sus más bellas vestiduras para el señor Marqués de Carabás. El Rey le hizo mil atenciones, y como el hermoso traje que le acababan de dar realzaba su figura, ya que era apuesto y bien formado, la hija del Rey lo encontró muy de su agrado; bastó que el Marqués de Carabás le dirigiera dos o tres miradas sumamente respetuosas y algo tiernas, y ella quedó locamente enamorada.

El Rey quiso que subiera a su carroza y lo acompañara en el paseo. El gato, encantado al ver que su proyecto empezaba a resultar, se adelantó, y habiendo encontrado a unos campesinos que segaban un prado, les dijo:

-Buenos segadores, si no decís al Rey que el prado que estáis segando es del Marqués de Carabás, os haré picadillo como carne de budín.

Por cierto que el Rey preguntó a los segadores de quién era ese prado que estaban segando.

-Es del señor Marqués de Carabás -dijeron a una sola voz, puesto que la amenaza del gato los había asustado.

-Tenéis aquí una hermosa heredad -dijo el Rey al Marqués de Carabás.

-Veréis, Majestad, es una tierra que no deja de producir con abundancia cada año.

El maestro gato, que iba siempre delante, encontró a unos campesinos que cosechaban y les dijo:

-Buena gente que estáis cosechando, si no decís que todos estos campos pertenecen al Marqués de Carabás, os haré picadillo como carne de budín.

El Rey, que pasó momentos después, quiso saber a quién pertenecían los campos que veía.

-Son del señor Marqués de Carabás, contestaron los campesinos, y el Rey nuevamente se alegró con el Marqués.

El gato, que iba delante de la carroza, decía siempre lo mismo a todos cuantos encontraba; y el Rey estaba muy asombrado con las riquezas del señor Marqués de Carabás.

El maestro gato llegó finalmente ante un hermoso castillo cuyo dueño era un ogro, el más rico que jamás se hubiera visto, pues todas las tierras por donde habían pasado eran dependientes de este castillo.

El gato, que tuvo la precaución de informarse acerca de quién era este ogro y de lo que sabía hacer, pidió hablar con él, diciendo que no había querido pasar tan cerca de su castillo sin tener el honor de hacerle la reverencia. El ogro lo recibió en la forma más cortés que puede hacerlo un ogro y lo invitó a descansar.

-Me han asegurado -dijo el gato- que vos tenías el don de convertiros en cualquier clase de animal; que podíais, por ejemplo, transformaros en león, en elefante.

-Es cierto -respondió el ogro con brusquedad- y para demostrarlo veréis cómo me convierto en león.

El gato se asustó tanto al ver a un león delante de él que en un santiamén se trepó a las canaletas, no sin pena ni riesgo a causa de las botas que nada servían para andar por las tejas.

Algún rato después, viendo que el ogro había recuperado su forma primitiva, el gato bajó y confesó que había tenido mucho miedo.

-Además me han asegurado -dijo el gato- pero no puedo creerlo, que vos también tenéis el poder de adquirir la forma del más pequeño animalillo; por ejemplo, que podéis convertiros en un ratón, en una rata; os confieso que eso me parece imposible.

-¿Imposible? -repuso el ogro- ya veréis-; y al mismo tiempo se transformó en una rata que se puso a correr por el piso.

Apenas la vio, el gato se echó encima de ella y se la comió.

Entretanto, el Rey, que al pasar vio el hermoso castillo del ogro, quiso entrar. El gato, al oír el ruido del carruaje que atravesaba el puente levadizo, corrió adelante y le dijo al Rey:

-Vuestra Majestad sea bienvenida al castillo del señor Marqués de Carabás.

-¡Cómo, señor Marqués -exclamó el rey- este castillo también os pertenece! Nada hay más bello que este patio y todos estos edificios que lo rodean; veamos el interior, por favor.

El Marqués ofreció la mano a la joven Princesa y, siguiendo al Rey que iba primero, entraron a una gran sala donde encontraron una magnífica colación que el ogro había mandado preparar para sus amigos que vendrían a verlo ese mismo día, los cuales no se habían atrevido a entrar, sabiendo que el Rey estaba allí.

El Rey, encantado con las buenas cualidades del señor Marqués de Carabás, al igual que su hija, que ya estaba loca de amor viendo los valiosos bienes que poseía, le dijo, después de haber bebido cinco o seis copas:

-Sólo dependerá de vos, señor Marqués, que seáis mi yerno.

El Marqués, haciendo grandes reverencias, aceptó el honor que le hacia el Rey; y ese mismo día se casó con la Princesa. El gato se convirtió en gran señor, y ya no corrió tras las ratas sino para divertirse.

viernes, 9 de abril de 2010

El hada fatigada


¿Te imaginas que tuviésemos poderes sobrenaturales y pudiésemos cambiar de aspecto todo lo que quisiéramos?

Un hada llamada Gwendoline se dirigía al congreso anual de hadas que se celebraba en la isla de SanMalo, en Bretaña. Llevaba su libro mágico y su varita, y caminaba con paso firme por la playa.

A Gwendoline le encantaban esas reuniones porque allí se encontraba con hadas amigas y comentaban todo sobre hechizos y pócimas de última moda.Pero lo que más le gustaba es que se reían mucho y lo pasaban francamente bien.

Al cabo de un rato a Gwendoline se le ocurrió recitar unos versos que le permitían andar sobre las aguas para acortar la distancia, y así lo hizo. Pero calculó mal sus
fuerzas, y a mitad de camino comenzó a sentirse fatigada, pero que muy fatigada.

Pensó en transformarse en gaviota o en colibrí, pero sus fuerzas estaban tan debilitadas que había perdido todo su poder mágico. Siguió caminando como pudo hasta que...sintió algo en el zapato: ¡una pequeña ostra! Gwendoline se puso tan furiosa
que cogió a la ostra para echarle un mal hechizo, pero algo sorprendente ocurrió:
cuando la ostra cayó de nuevo al agua, comenzó a crecer y crecer hasta convertirse en una isla, hoy conocida como la isla deVerdelet.

Cuando las cosas no nos salen como esperamos,no hay que desanimarse, sino ver la parte positiva y convertirlo en experiencia.