domingo, 30 de mayo de 2010

El Enano Saltarín (Rumpelstilzchen)

Cuentan que en un tiempo muy lejano el rey decidió pasear por sus dominios, que incluían una pequeña aldea en la que vivía un molinero junto con su bella hija. Al interesarse el rey por ella, el molinero mintió para darse importancia:
- Además de bonita, es capaz de convertir la paja en oro hilándola con una rueca. El rey, francamente contento con dicha cualidad de la muchacha, no lo dudó un instante y la llevó con él a palacio.

Una vez en el castillo, el rey ordenó que condujesen a la hija del molinero a una habitación repleta de paja, donde había también una rueca: - Tienes hasta el alba para demostrarme que tu padre decía la verdad y convertir esta paja en oro. De lo contrario, serás desterrada. La pobre niña lloró desconsolada, pero he aquí que apareció un estrafalario enano que le ofreció hilar la paja en oro a cambio de su collar.

La hija del molinero le entregó la joya y... zis-zas, zis-zas, el enano hilaba la paja que se iba convirtiendo en oro en las canillas, hasta que no quedó ni una brizna de paja y la habitación refulgía por el oro. Cuando el rey vio la proeza, guiado por la avaricia, espetó:
- Veremos si puedes hacer lo mismo en esta habitación.
- Y le señaló una estancia más grande y más repleta de oro que la del día anterior.

La muchacha estaba desesperada, pues creía imposible cumplir la tarea pero, como el día anterior, apareció el enano saltarín:
- ¿Qué me das si hilo la paja para convertirla en oro? - preguntó al hacerse visible.
- Sólo tengo esta sortija - Dijo la doncella tendiéndole el anillo.
- Empecemos pues, - respondió el enano. Y zis-zas, zis-zas, toda la paja se convirtió en oro hilado.

Pero la codicia del rey no tenía fin, y cuando comprobó que se habían cumplido sus órdenes, anunció:
- Repetirás la hazaña una vez más, si lo consigues, te haré mi esposa
- Pues pensaba que, a pesar de ser hija de un molinero, nunca encontraría mujer con dote mejor. Una noche más lloró la muchacha, y de nuevo apareció el grotesco enano:
- ¿Qué me darás a cambio de solucionar tu problema? - Preguntó, saltando, a la chica.
- No tengo más joyas que ofrecerte - y pensando que esta vez estaba perdida, gimió desconsolada. - Bien, en ese caso, me darás tu primer hijo - demandó el enanillo.

Aceptó la muchacha: “Quién sabe cómo irán las cosas en el futuro” - Dijo para sus adentros. Y como ya había ocurrido antes, la paja se iba convirtiendo en oro a medida que el extraño ser la hilaba.

Cuando el rey entró en la habitación, sus ojos brillaron más aún que el oro que estaba contemplando, y convocó a sus súbditos para la celebración de los esponsales.

Vivieron ambos felices y al cabo de una año, tuvieron un precioso retoño. La ahora reina había olvidado el incidente con la rueca, la paja, el oro y el enano, y por eso se asustó enormemente cuando una noche apareció el duende saltarín reclamando su recompensa.

- Por favor, enano, por favor, ahora poseo riqueza, te daré todo lo que quieras.
- ¿Cómo puedes comparar el valor de una vida con algo material? Quiero a tu hijo - exigió el desaliñado enano. Pero tanto rogó y suplicó la mujer, que conmovió al enano: - Tienes tres días para averiguar cuál es mi nombre, si lo aciertas, dejaré que te quedes con el niño.

Por más que pensó y se devanó los sesos la molinerita para buscar el nombre del enano, nunca acertaba la respuesta correcta. Al tercer día, envió a sus exploradores a buscar nombres diferentes por todos los confines del mundo. De vuelta, uno de ellos contó la anécdota de un duende al que había visto saltar a la puerta de una pequeña cabaña cantando: - “Yo sólo tejo, a nadie amo y Rumpelstilzchen me llamo”


Cuando volvió el enano la tercera noche, y preguntó su propio nombre a la reina, ésta le contestó: - ¡Te llamas Rumpelstilzchen! - ¡No puede ser! - gritó él -
¡No lo puedes saber! ¡Te lo ha dicho el diablo! - Y tanto y tan grande fue su enfado, que dio una patada en el suelo que le dejó la pierna enterrada hasta la mitad, y cuando intentó sacarla, el enano se partió por la mitad.

sábado, 29 de mayo de 2010

El granjero y el tokaebi


Los monstruos tokaebi son originarios de Corea. Son grandes y feos y siempre están incordiando a las personas. ¿Queréis saber qué hicieron esta vez?

Hace mucho tiempo en Corea, vivía un granjero con su esposa. Una noche, mientras comían arroz y kimchee en su humilde cocina oyeron unos unos gritos y notaron cómo la tierra temblaba.
Con mucho miedo, abrieron la puerta y vieron unos monstruos tokaebi. Estaban bailando, gritando y peleándose delante de su casa. El granjero se armó de valor y dijo:

- "Salid de aquí, ésta es nuestra casa"
- "Ja, ja, ja"- se rió el tokaebi más grande- ¡Ésta ya no es tu casa, es nuestra casa!".

El granjero volvió a decirles que se fueran porque ésa era su tierra, pero los monstruos tokaebi se rieron de él, pero finalmente, el jefe de los monstruos Tokaebi se le ocurrió una idea.

- Veamos, granjero, tú dices que esta tierra es tuyo y yo digo que es nuestra. Te propongo hacer un concurso. Quién gane, se queda la casa y quien pierda, se va.

Aunque al granjero le pareció muy injusto porque la casa era suya, no le quedó más remedio que aceptar la proposición del tokaebi pero con la condición de que cada uno de ellos creara una prueba del concurso.
El tokaebi más grande, se lo pensó un momento y acariciando sus cuernos dijo:

-"¿Cuántos boles se necesitarían para vaciar el mar?"
El granjero se miró al Tokaebi y después de pensar un rato dijo:
- "Depende del tamaño del bol. Si tienes un bol enorme y del tamaño del mar, sólo necesitarías un bol. Si tienes un bol de la mitad del tamaño del mar, necesitarías dos."
El tokaebi se enfadó porque el granjero había respondido sabiamente. Y esperó la pregunta del granjero.
El granjero se puso en el umbral de su puerta con un pie dentro y un pie fuera. Entoces preguntó al tokaebi:
- "¿Estoy entrando o estoy saliendo?"

El tokaebi le miró furioso porque cualquier respuesta sería incorrecta. Así que él y el resto de tokaebis se fueron a regañadientes. ¡El granjero les había ganado!

viernes, 28 de mayo de 2010

El ciervo, la tortuga y el pájaro





Muchas veces uno solo no puede hacerlo todo y necesita la ayuda de sus amigos. Descubre cómo el ciervo, la tortuga y el pájaro se ayudan los unos a los otros para salvarse de un cazador.


Había una vez tres amigos: un ciervo, una tortuga y un pájaro.

Un día, mientras caminaba por el bosque, el ciervo quedó enredado en una red que había colocado un cazador. El ciervo intentó deshacerse de la red, pero al ver que él solo no podía, pidió ayuda a su amiga la tortuga. Ésta se dirigió donde estaba el ciervo atrapado, y empezó a roer las cuerdas una a una para liberarlo.

La tortuga, concentrada en roer las cuerdas, no se dio cuenta de que estaba amaneciendo, pero el cazador, que ya se había despertado, salió de su casa con el arco preparado para ir a recoger a su presa. El pájaro, que lo había visto todo, se puso a revolotear por encima de la cabeza del cazador para distraerle, y así darle tiempo a la tortuga para liberar totalmente al ciervo.

Cuando el cazador llegó al sitio donde había colocado la red y vio que estaba rota y vacía, se enfadó tanto que se dispuso a dispararle una flecha al pájaro. Pero en ese momento, la tortuga le mordió un dedo del pie y el pájaro pudo escapar. Entonces, el cazador cogió a la tortuga, la metió en su bolsa y se fue.

A mitad de camino, al cazador le entró hambre y se sentó bajo un árbol a comer. Aprovechando que estaba distraído, el ciervo se acercó por detrás sin hacer ruido y, muy despacio, levantó la bolsa donde estaba la tortuga con sus cuernos y huyó lejos del cazador, donde el pájaro ya los estaba esperando. En cuanto llegaron, el pájaro se lanzó encima de la bolsa y empezó a picotearla hasta que consiguió liberar a la tortuga.

Y así fue como, ayudándose unos a otros, consiguieron salvarse los tres amigos

jueves, 27 de mayo de 2010

miércoles, 26 de mayo de 2010

El príncipe Danilo


Érase una princesa que tenía un hijo y una hija; los dos eran sanos y guapísimos. Un día vino a visitarla una vieja bruja, que se puso a alabar a los niños, y al despedirse, dijo:

-Querida amiga mía: he aquí un anillo; ponlo en el dedo de tu hijo, porque le traerá suerte y siempre será rico y feliz; pero que tenga cuidado de no perderlo y de no casarse más que con la joven a la que el anillo se le ajuste exactamente.

La princesa agradeció mucho el regalo, no sospechando la mala intención de la bruja, y al llegar la hora de su muerte legó a su hijo el anillo, obligándose a casarse con la joven a la cual éste se le ajustase exactamente.

Así transcurrieron unos cuantos años, y el príncipe cada día era más fuerte y guapo.

Al fin llegó a la edad de casarse; púsose en busca de novia. Primero le gustó una, luego se enamoró de otra; pero a ninguna le venía bien el anillo; o era demasiado grande o demasiado pequeño.

Viajó de una ciudad a otra, de un pueblo a otro de su reino e hizo ensayar el anillo a todas las jóvenes; pero no logró encontrar a su prometida y volvió a casa triste y pensativo.

-¿En qué estás pensando, hermanito?¿Por qué estás tan triste? -le preguntó su hermana.

Éste le contó su desgracia.

-Pero ¿cómo es ese anillo maravilloso que no hay joven a quien le sirva? -exclamó la hermana-. Déjame ensayarlo.

Se lo puso, y le entró tan justamente como si hubiese sido hecho de propósito para su manita.

El príncipe, viendo brillar el anillo en el dedo de su hermana, exclamó con júbilo:

-¡Oh hermanita! ¡Tú eres mi prometida! Me casaré contigo.

-¿Has perdido el juicio? ¿Quién sería capaz de casarse con su propia hermana? Dios te castigaría.
P
ero el príncipe no hacía caso de estas palabras y, saltando de alegría, le ordenó que se preparase para la boda.

La pobre joven salió de la habitación llorando desconsoladamente, se sentó en el umbral de la puerta y sus lágrimas corrieron en abundancia. Pasaban por allí dos ancianos, y la joven los invitó a entrar en palacio para darles de comer. Ellos le preguntaron la causa de su desconsuelo y la joven les contó la desgracia que le ocurría.

-No llores ni te entristezcas, hijita -le dijeron los ancianos-. Ve a tu habitación, haz cuatro muñecas, ponlas en los cuatro rincones del cuarto, y cuando tu hermano te llame para que vayas con él a la iglesia contéstale así: «Voy en seguida; pero no te muevas».

Los ancianos se marcharon y el príncipe, poniéndose su traje de gala, llamó a su hermana para que fuese con él a casarse. Ella le contestó:

-¡Voy en seguida, hermanito! ¡Tengo que ponerme los zapatitos!

Y las muñecas, sentadas en los cuatro rincones de la habitación, contestaron a coro:
-¡Cucú, príncipe Danilo! ¡Cucú, hermoso! El hermano quiere casarse con la hermana.
¡Que se abra la tierra y se hunda la hermana!
La tierra empezó a abrirse y la joven empezó a hundirse poco a poco. El príncipe llamó por segunda vez:

-¡Hermana, vamos a casarnos!

-¡En seguida, hermanito! Estoy atándome la faja.

Las muñecas cantaron otra vez:
-¡Cucú, príncipe Danilo! ¡Cucú, hermoso! El hermano quiere casarse con la hermana. ¡Que se abra la tierra y se hunda la hermana!
La joven seguía hundiéndose y ya sólo se le veía la cabeza. El príncipe llamó por tercera vez:

-¡Hermana, vamos a casarnos!

-En seguida, hermanito. Estoy poniéndome los pendientes.
Las muñecas siguieron cantando hasta que la joven desapareció en las profundidades de la tierra.

El príncipe llamó aún con más insistencia; pero viendo que no le contestaban se enfadó, dio un empujón a la puerta, que se abrió con estrépito, y entrando en la habitación vio que su hermana había desaparecido. En los cuatro rincones del cuarto estaban sentadas las cuatro muñecas, que seguían cantando:

-¡Que se abra la tierra y se hunda la hermana!

Entonces Danilo, cogiendo un hacha, les cortó las cabezas y las echó al horno.

Entretanto, la joven princesa se encontró en un país subterráneo; siguió un camino, y después de andar un largo rato llegó frente a una cabaña, puesta sobre patas de gallina, que giraba continuamente.

-¡Cabaña, cabañita! ¡Ponte con la espalda hacia el bosque y con la entrada hacia mí! -exclamó la joven.

La cabaña se paró y la puerta se abrió. En el interior estaba sentada una joven hermosísima que bordaba, con oro y plata, unos dibujos admirables en una preciosa toalla. Al ver a la inesperada visitante la acogió cariñosamente y luego le dijo suspirando:

-¿Por qué has venido aquí, corazoncito mío? Aquí vive la terrible bruja Baba-Yaga, que tiene las piernas de madera; en este momento no está en casa, pero cuando venga ¡pobre de ti!

La joven princesa se asustó mucho al oír tales palabras; pero como no sabía dónde ir, se sentaron las dos a bordar en la toalla, hablando entre sí mientras trabajaban.

De repente oyeron un tremendo ruido, y comprendiendo que era Baba-Yaga que volvía a casa, la hermosa bordadora transformó a la joven princesa en una aguja, la escondió en la escoba y puso ésta en un rincón. Apenas había tenido tiempo de acabar estas operaciones cuando la bruja apareció en la puerta.

-¡Qué asco! -exclamó husmeando el aire-. ¡Aquí huele a carne humana!

-Nada de extraño tiene, abuelita -le contestó la joven bordadora-. Hace poco pasaron por aquí unos transeúntes y entraron a beber agua.

-¿Por qué no los has invitado a quedarse aquí?

-Es que eran ya viejos, abuela; no estaban para tus dientes.


-Bueno; pero en adelante no te olvides de invitar a todos a entrar en casa y no dejar que ninguno se marche -dijo Baba-Yaga, y se marchó al bosque.

Las jóvenes se volvieron a sentar a bordar en la toalla, charlando y riendo. De pronto la bruja apareció otra vez, y fue tan rápida su llegada, que la joven princesa apenas tuvo tiempo de esconderse en la escoba. Baba-Yaga husmeó el aire de la cabaña y exclamó:

-Me parece percibir olor de carne humana.

-Sí, abuela. Han entrado aquí unos ancianos para calentarse un ratito; les supliqué que se quedasen más tiempo, pero no quisieron.

La bruja, que tenía mucha hambre, se enfadó, regañó a la joven y se fue gruñendo. La princesa salió de la escoba y ambas se pusieron a bordar la toalla, y mientras trabajaban buscaban un medio de librarse de la bruja, huyendo de la cabaña. No tuvieron tiempo de decidir nada porque, de repente, Baba-Yaga apareció delante de ellas, sorprendiéndolas de improviso.

-¡Qué asco! Huele a carne humana -exclamó furiosa.

-Pues, abuelita, aquí te están esperando.

La joven princesa levantó los ojos, y al ver a la espantosa Baba-Yaga, con sus piernas de madera y su nariz que más bien parecía una trompa, se quedó como petrificada.

-¿Por qué no trabajáis? -gritó a las jóvenes, y les ordenó traer leña y encender el horno.

Ellas trajeron leña de roble y de arce y encendieron el horno, que pronto estuvo ardiendo.

Entonces la bruja, cogiendo una gran pala, dijo a la joven princesa.

-Siéntate, hermosa, en la pala.

La joven se sentó y la bruja intentó meterla en el horno; pero la princesa puso un pie en la boca y el otro en la estufa.

-¿Cómo es eso, joven? ¿No sabes cómo debes estar sentada? ¡Siéntate como es menester!

La princesa se sentó bien, y la bruja quiso meterla en el horno; pero ella volvió a poner un pie en la boca y el otro en la estufa. La bruja se enfadó, le hizo bajar de la pala, gritándole:

-¿Estás divirtiéndote, hermosa? Hay que estarse quieta; mira cómo me siento yo.

Se sentó en la paleta, estrechó sus piernas, y las jóvenes, cogiendo la pala, la metieron rápidamente en el horno, cerraron la puerta atrancándola con unos troncos, taparon bien todas las junturas, y hecho esto huyeron de la maldita cabaña, llevándose consigo la toalla bordada, un cepillo y un peine.
Corrieron, corrieron; pero cuando miraron atrás vieron que la bruja las perseguía silbando:

-¡Hola!¡Ahora no os escaparéis!

Tiraron el cepillo y creció un juncal tan espesísimo que ni a una culebra le hubiese sido posible atravesarlo. La bruja, sin embargo, cavó con sus uñas, hizo una veredita y echó a correr tras las fugitivas.

¿Dónde esconderse? Tiraron el peine y creció un bosque frondoso y espesísimo; ni siquiera una mosca hubiera podido atravesarlo. La bruja afiló sus dientes y se puso a arrancar de la tierra los árboles con sus raíces, lanzándolos por todas partes; pronto se abrió un camino y continuó la persecución.

Ya estaba cerca, muy cerca; a las pobres muchachas, de tanto correr, les faltaba el aliento. Entonces tiraron la toalla bordada de oro y se formó un mar de fuego ancho y profundo. La bruja subió por el aire intentando volar por encima; pero cayó en el fuego y pereció.

Las dos jóvenes, viéndose fuera de peligro, como estaban cansadas, se sentaron en un jardín. Éste pertenecía al príncipe Danilo. Un servidor del príncipe las vio y anunció a su señor que en su jardín había dos jóvenes de belleza incomparable.

-Una de ellas -le dijo- debe ser tu hermana; pero son tan parecidas que es imposible saber cuál de las dos es.

El príncipe las invitó a entrar en su palacio, y en seguida comprendió que una de las dos era su hermana; pero ¿cómo saber cuál de las dos si ella misma no lo decía?
-Escúchame -dijo el servidor al príncipe-. Coge la vejiga de un cordero, llénala de sangre y átatela debajo del brazo; yo, fingiendo ser un malhechor, simularé que te doy una puñalada. Cuando tu hermana te vea derramando sangre, en seguida se dará a conocer. Danilo aceptó este recurso y así lo hicieron.

Cuando el criado dio una puñalada al príncipe y éste cayó al suelo bañado en sangre, la hermana se lanzó sobre él para socorrerlo, llorando y exclamando:

-¡Oh hermano mío querido!

Danilo se puso en pie, abrazó a su hermana y el mismo día la casó con un noble honrado y bueno; luego probó el anillo a la amiguita de su hermana, y viendo que le servía perfectamente, se casó con ella y todos vivieron felices y contentos.

martes, 25 de mayo de 2010

El regalo que no se ve

Sera que la filosofia oriental tiene respuesta para todo. Pero estoy encontrando las historias más bonitas, reales y especiales,provinentes de esas tierras lejanas.


Hace tiempo, un hombre castigó a su hija de tres años por desperdiciar un rollo de papel dorado para envolver regalos. El dinero venía escaso en esos días, por eso explotó de furia cuando vio a la pequeña tratando de envolver una caja.


A la mañana siguiente, la niña regaló a su padre la cajita envuelta y le dijo: "Esto es para ti, papi".
Él se sintió avergonzado, pero cuando abrió el paquete y lo encontró vacío, gritó con ira: "¿Acaso no sabes que cuando se hace un regalo se supone que debe haber algo dentro?".


La pequeña miró hacia arriba y, con lágrimas en los ojos, dijo: "¡Pero, papá, no está vacía!. ¡Yo metí besos para ti!".

El padre se sitió muy mal, abrazó a su hija y le suplicó que le perdonara.

Dicen que el hombre guardó ese regalo dorado cerca de su cama durante muchos años, y que siempre que se derrumbaba, tomaba de ella un beso y recordaba el amor que su hija había depositado dentro.

De alguna forma, cada uno de nosotros hemos recibido algún obsequio de amor incondicional de nuestros hijos, amigos, familia...

Nadie podrá tener jamás una propiedad más grande y hermosa que esa.

lunes, 24 de mayo de 2010

Cómo nacieron los Pirineos

Hoy he echo el examen, el cuál este blog era el trabajo.
Y aunque ya entregue, ire colgando más historias, cuentos, leyendas solamente por el gusto de conocer más.

Hoy una historia de cerca,
Cómo nacieron los Pirineos

Cuentan que Pyrene fue una bellísima ninfa, diosa de las aguas y los manantiales,que
acostumbraba a descansar a la orilla de un lago tranquilo.Y dicen que mientras los
ruiseñores cantaban a su alrededor, ella miraba reflejada en las cristalinas aguas y
acariciaba dulcemente sus largos y rubios cabellos.



La paz y la calma llenaban la vida de Pyrene que, de vez en cuando, se sobresaltaba por las voces y el escándalo que formaban unos gigantes que vivían en las altas
montañas.

Ella sabía que aquellos monstruos salvajes querían destruir la tranquilidad de su valle. Pero al mismo tiempo se sentía segura porque un frondoso bosque
impedía que sus enemigos se acercaran.

Un día unas nubes grises y oscuras amenazaron con descargar una tormenta de rayos y truenos, pero los malvados gigantes los agarraron con sus enormes manos y los arrojaron sobre el bosque que les separaba de Pyrene.
Inmediatamente comenzaron a arder todos los árboles y la maleza se convirtió en llamas, sin que Pyrene pudiera evitarlo.

La noticia llegó hasta los oídos de Zeus, dios de los dioses, que mandó a su hijo
Hércules para que sofocara el incendio y rescatara a Pyrene del infierno. El hijo
obedeció a su papá y llevó a la ninfa junto al mar para que pudiera descansar y se
recuperase.

-Pyrene, aquí estarás a salvo. Y Hércules regresó al valle para acabar con los
malévolos gigantes.

- Tu valle se ha convertido en cenizas pero yo buscaré otro para ti -le dijo al regresar a su lado.
-No. Yo sólo amo a mi valle y quiero regresar a él - respondió la diosa.

Pero allí no había pájaros, ni flores, ni mariposas, ni árboles... todo había sido
destruido por el fuego. Incluso el manantial arrastraba las cenizas y sus aguas no eran cristalinas.Pyrene no pudo soportar aquel desastre y murió de pena al contemplar su valle deshecho.

Hércules recogió el cuerpo de la diosa para llevarlo a lo más alto de las cumbres y paraque nunca fuera olvidada levantó allí el más hermoso de los monumentos: una gran
cordillera montañosa que separaba España de Francia. Y en su honor la llamó: Pirineos