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sábado, 29 de mayo de 2010

El granjero y el tokaebi


Los monstruos tokaebi son originarios de Corea. Son grandes y feos y siempre están incordiando a las personas. ¿Queréis saber qué hicieron esta vez?

Hace mucho tiempo en Corea, vivía un granjero con su esposa. Una noche, mientras comían arroz y kimchee en su humilde cocina oyeron unos unos gritos y notaron cómo la tierra temblaba.
Con mucho miedo, abrieron la puerta y vieron unos monstruos tokaebi. Estaban bailando, gritando y peleándose delante de su casa. El granjero se armó de valor y dijo:

- "Salid de aquí, ésta es nuestra casa"
- "Ja, ja, ja"- se rió el tokaebi más grande- ¡Ésta ya no es tu casa, es nuestra casa!".

El granjero volvió a decirles que se fueran porque ésa era su tierra, pero los monstruos tokaebi se rieron de él, pero finalmente, el jefe de los monstruos Tokaebi se le ocurrió una idea.

- Veamos, granjero, tú dices que esta tierra es tuyo y yo digo que es nuestra. Te propongo hacer un concurso. Quién gane, se queda la casa y quien pierda, se va.

Aunque al granjero le pareció muy injusto porque la casa era suya, no le quedó más remedio que aceptar la proposición del tokaebi pero con la condición de que cada uno de ellos creara una prueba del concurso.
El tokaebi más grande, se lo pensó un momento y acariciando sus cuernos dijo:

-"¿Cuántos boles se necesitarían para vaciar el mar?"
El granjero se miró al Tokaebi y después de pensar un rato dijo:
- "Depende del tamaño del bol. Si tienes un bol enorme y del tamaño del mar, sólo necesitarías un bol. Si tienes un bol de la mitad del tamaño del mar, necesitarías dos."
El tokaebi se enfadó porque el granjero había respondido sabiamente. Y esperó la pregunta del granjero.
El granjero se puso en el umbral de su puerta con un pie dentro y un pie fuera. Entoces preguntó al tokaebi:
- "¿Estoy entrando o estoy saliendo?"

El tokaebi le miró furioso porque cualquier respuesta sería incorrecta. Así que él y el resto de tokaebis se fueron a regañadientes. ¡El granjero les había ganado!

miércoles, 14 de abril de 2010

El bigote del tigre



Una mujer coreana fue un día a ver al gran sabio de su aldea, un ermitaño que tiempo atrás se había retirado a vivir a una montaña donde vivía con lo mínimo y en armonía con la naturaleza. Esa misma naturaleza era la que proveía para el anciano, y de la que obtenía también los elementos que componían las pociones que fabricaba. Era un hombre sumamente respetado.

La mujer entró en la cueva donde vivía el ermitaño, que le preguntó el motivo de su visita.

- Estoy desesperada, gran sabio. Sin duda necesito una de vuestras pociones.

- Pociones, pociones… -murmuró el anciano-, todos necesitan pociones… ¿Podremos curar un mundo enfermo a base de pociones?

La mujer empezó a contarle al anciano su problema. Su marido, tras volver de la guerra, había cambiado totalmente. Pasó de ser un hombre cariñoso a alguien frío y distante. Ya no hablaba, y las pocas veces que lo hacían, su voz sonaba helada, dura, áspera. Apenas comía, y muchas veces se encerraba en su cuarto tras dar un manotazo y se negaba a ver a nadie. Había abandonado sus ocupaciones y solía pasar el tiempo sentado en la cima de una montaña, con la mirada perdida en el mar, negándose a pronunciar palabra. Sus ojos, antes vivos y cómplices, eran ahora hielo o fuego rabioso. Ya no era el hombre con quien se casó.

- La guerra… la guerra transforma a tantos… -musitó el anciano.

- Creo que una de vuestras pociones le haría volver a ser el hombre cariñoso que un día fue.

- Una poción… tan simple como una poción… En fin, te diré que no será fácil, y además para hacerla necesitaría el bigote de un tigre vivo. Es su ingrediente principal. Sin bigote no hay poción.

La mujer se fue apenada porque no sabía cómo podría conseguir el bigote, pero era muy grande el amor que le profesaba a su marido, por lo que una noche se decidió a buscar ese tigre. Con un bol de arroz y salsa de carne se encaminó hacia la cueva de una montaña donde se decía que habitaba un tigre.

A cierta distancia de la cueva depositó el bol con comida y llamó al tigre para que viniera, pero él tigre no vino. Así pasaron días en los que la mujer cada vez se acercaba unos pasos más a la cueva, llamando al tigre, que empezaba a acostumbrarse a su presencia. Una de esas noches, el tigre se acercó algo a la mujer, que tuvo que esforzarse para no salir corriendo.

Ambos quedaron a escasa distancia, mirándose, escena que se repitió varias noches. Días después, la mujer empezó a hablar al tigre con una voz suave, y poco tiempo después, el tigre empezó a comer cada noche el bol de comida que ella le llevaba.

Así pasaron hasta seis meses, llegando a haber cierto vínculo entre ellos (ya la mujer hasta le acariciaba la cabeza cuando el tigre comía). Y llegó la noche en la que la mujer le suplicó al tigre que no se enojara, pero que necesitaba uno de sus bigotes para poder sentir cerca a su marido. Y se lo arrancó, y para su sorpresa, el tigre no se enfureció.

La mujer fue nada más amanecer a la cueva del ermitaño, a quien le enseñó el bigote del tigre que había conseguido, feliz porque ya obtendría su poción. El ermitaño tomó el bigote satisfecho y lo arrojó al fuego.

La mujer chilló sin entender nada, y el anciano la calmó y le preguntó cómo había conseguido el bigote.

- Yo… fui cada noche a la cueva del tigre, llevándole comida, hasta que me perdió el miedo y se acercó a mí. Fui muy paciente, seguí llevando comida aunque el tigre no la probaba, seguí acercándome cada noche aunque a veces el tigre ni siquiera salía. A partir de una noche, el tigre empezó a salir a recibirme y más tarde comía cuanto le llevaba. Entonces empecé a hablarle, dejando que me conociera, y aprendí a disfrutar también de esos momentos en los que estábamos juntos. Y más tarde, le pedí el bigote. Pero ahora que lo has tirado… ahora no habrá poción y mi marido seguirá ajeno a mí, como si no existiera!

- No te preocupes, mujer -susurró el anciano-. Y escúchame.
Lograste la confianza del tigre simplemente estando ahí, ofreciéndote, esperando, dejando que te conociera, hablándole y dándole el tiempo que necesitaba. Y además aprendiste a disfrutar de vuestros encuentros. ¿No crees que un hombre reaccionará de igual modo ante el cariño, la comprensión, el interés, la compañía? Si pudiste ganar con cariño y paciencia la comprensión y el amor de un animal salvaje… sin duda puedes hacer lo mismo con tu marido…

La mujer comprendió entonces. Amar, confiar, tener paciencia, mostrarse, dar tiempo… había aprendido una valiosa lección gracias al ermitaño. Y no necesitaría de más bigotes de tigre para sentirse cerca de aquel a quien amaba.