¿Me explicas un cuento?
Cada pueblo tiene sus propias tradiciones, lengua, costumbres y cuentos.
Explicando las narraciones tradicionales de algunos pueblos podremos entender mejor su forma de entender el mundo, además de divertirnos.
Morir de amor ¿Te gustan las auténticas historias de amor? ¿Crees que son más interesantes las del pasado o las de ahora?
Hace mucho tiempo existían en América del Sur dos tribus rivales: los tupi y los guaraní. Siempre estaban en lucha y nunca conseguían llegar a ningún acuerdo.
Salvo una chica guaraní y un chico tupi que estaban locamente enamorados y que se veían en secreto en el bosque, dentro de un gran árbol hueco. Allí, una tarde, antes de que estallase una nueva guerra, se juraron amor eterno. El joven tupi luchó en la batalla hasta que fue hecho prisionero por la tribu guaraní. Le ataron y le encerraron en una choza. Cuando la joven se enteró, se le rompió el corazón y se lo contó todo a sus padres. Pero éstos no entendieron aquel amor prohibido y no la hicieron caso. La chica, desesperada, abandonó su casa y se fue al bosque. Allí se encaramó en el árbol hueco. Pasaron varias semanas y su familia, preocupada, insistía para que bajase, pero la chica lo único que hacía era llorar sin consuelo. Hasta que el hechicero de la tribu inventó una mentira para que bajase: le dijo que su enamorado había muerto. La chica dio un extraño grito de dolor y después desapareció para siempre. Desde entonces anidó en el árbol un pájaro desconocido, y cuyo canto era igual a un llanto: se le llamó Urutaú.
Manifestar el dolor a través del llanto puede ser una buena terapia. Pero, ¡ojo! Hay que saber parar a tiempo.
Isondú fue el hombre más hermoso entre todos los guaraníes. El más alto, el más fuerte, el más hábil. Había que verlo disparando una flecha, remando en la canoa, bailando en las ceremonias de los payés.
Cuando era chico, no había madre en su tevy que, al verlo reírse, no le hiciera una caricia y, cuando le llegó la hora del tembetá ya había muchas indiecitas que querían casarse con él. A todas les gustaban sus manos diestras, su mirada penetrante y su perfume a madera.
Junto con el amor que despertó en tantas muchachas, se despertó también la envidia de los hombres. Los que habían jugado con él sobre las hojas de palmera y más tarde en los claros o en el río ahora le tenían rabia. Por eso prepararon la emboscada. A Isondú lo esperaron un atardecer. Temprano habían cavado el pozo en el camino y lo habían disimulado bien: ya se sabe que los guaraníes eran especialistas en cazar con trampas, y esta ya estaba lista. Después se sentaron a esperar, y a tomarse la chicha de maíz que habían llevado.
Isondú volvía de la aldea vecina, donde tenía parientes. Venía solo, pensando en una chica que había conocido allí, la única muchacha que estaba seguro de poder querer. Sin duda pronto se casaría con ella, ya se la imaginaba junto a él, con el cuerpo adornado con pinturas y una flor - la orquídea más hermosa que él pudiera encontrar -en su largo pelo negro. Contento y cansado iba por los caminos de la selva, espantándose los mosquitos de tanto en tanto. A él, tan grande y fuerte, se lo veía pqueño al lado de los árboles inmensos.
Cuando faltaba poco para llegar a su aldea, empezó a escuchar las risas y los gritos de sus enemigos. Pero no se inquietó, porque era joven, no le tenía miedo a nada y había sido siempre demasiado dichoso como para suponer que se acercaba la desgracia. Cuando escucharon sus pasos, los otros se quedaron callados. De pronto, Isondú tropezó entre unas lianas y cayó en el pozo.
Los otros salieron enseguida de sus escondites y empezaron a reírse y a burlarse de él:
- ¡Isondú! ¡Isondú! ¡Te cazamos como a un tapir!
- A ver, ¿de qué te sirve ahora ser tan valiente?
- ¡Isondú! ¡Ahí va un anzuelo para que muerdas! ¿O querés que llamemos a tu mamita para que te salve?
Y mientras tanto le tiraban palitos, frutos y unas bolitas de arcilla dura con las que cazaban ratones y los pájaros.
Isondú les gritaba:
- Pero, ¿qué hacen? ¿qué les pasa? ¿qué les hice yo, cobardes? - Y desde abajo les devolvía los proyectiles.
Uno de los agresores le contestó:
- Ya vas a ver si somos cobardes. - Y agarró su maza y le pegó a Isondú en un hombro, en la cabeza, en la espalda... Los demás se envalentonaron y entre insultos hicieron lo propio: el cuerpo de Isondú se fue llenando de cardenales y de sangre, y allí quedó, acallado, caído sobre un costado en el fondo del pozo.
En la selva era casi de noche. Los asesinos seguían en el borde de la trampa, paralizados por el miedo. De pronto vieron confusamente que Isondú se movía, que su cuerpo tomaba de a poco la forma de un insecto y que en el lugar de cada herida se encendía una lucecita. Isondú agitó sus alas y salió volando: ya estaba libre.
Un momento después centenares de Isondúes se dispersaban en la selva, debajo del techo que forman allí los árboles, los helechos y las lianas, iluminando intermitentemente la noche guaraní. Muchos de estos insectos traspusieron los ríos, dejaron atrás la selva y se perdieron en el campo.
Cuenta un viejo chamán fascinantes historias ocurridas en el gran inicio,cuando todo empezó.
Una de esas historias nos cuenta que el pingüino era una de las aves mas hermosas y preferidas por los dioses que habitaban el sur de América.
En ese entonces, el pingüino era distinto de cómo lo conocemos ahora. Era un ave magnifica que al surcar el cielo alcanzaba una gran altura y velocidad. Su gracia y belleza hacían que los dioses detuvieran el tiempo para disfrutar de sus vuelos y sus piruetas. Su majestuosidad era indiscutible y todas las aves soñaban parecerse a él.
Pero los dioses, que ven más allá de lo que los humanos ven, comenzaron a observar que en interior del pingüino, una sombra comenzaba a crecer,la majestuosidad del vuelo había convertido al pingüino en un ser arrogante que despreciaba a quienes no tenían sus habilidades y en particular a los peces que le servían de alimento.
Pronto su desprecio se convirtió en maltrato con esos pequeños seres a los que consideraba seres muy inferiores a él. Muchas veces, disfrutaba de zambullirse con fuerza en el mar para asustarlos o arremetía a picotazos contra ellos, no para saciar su hambre, simplemente encontraba placer en matarlos y verlos flotando inermes en el mar.
Y como dios, lo ve todo y lo sabia lo que hacía, decidió castigarle enseñándole humildad a nuestro amigo. Le privó de aquello que tanto lo enorgullecía; le quitó la capacidad de volar. Y así ocurrio que sus magnificas alas se fueron acortando, su cuerpo gano volumen y mucho peso y siendo así le fue imposible volver a volar jamás. Con mucha humildad tuvo que aprender a nadar si queria sobrevivir, al igual que los peces, a quienes antaño despreció. Su vida cambió totalmente. Abandonó sus nidos en los árboles, comenzó a buscar cobijo en huecos subterráneos, y por si esto fuera poco, condenado a vivir en aguas casi congeladas.
Desde entonces, el pingüino se volvió más calmado, y junto a su compañera, que ahora elige para toda la vida, aprendió a nadar con tanta gracia como si fuera un pez. El hombre viéndolos así, les bautizó con el nombre de pájaro bobo, pero a él no le importó, aprendió a ser feliz, aprendió la lección que les infligió Dios.
“Y según dice la leyenda se transformaron en un ejemplo de fidelidad porque cuando uno de ellos muere, su pareja se interna en el mar y nunca más regresa.”
Tan conocida como Mafalda es para los argentinos la hierba mate. Espero que les guste la historia de su origen.
¿Por dónde podré bajar?, se preguntaba la solitaria luna paseándose por el cielo. El inmenso espacio azul le parecía una jaula y su único amigo era el aire. Lo envidiaba por su libertad para desplazarse de un lado a otro jugueteando con las nubes. Su mayor anhelo era pisar esa verde alfombra de las praderas que veía desde arriba, y dejarse resbalar por las colinas que descendían hasta un profundo y misterioso manchón azul. -Quiero conocer ese otro cielo que tienen abajo -le contó al aire.
- No es el cielo, mi amiga -silbó él-, es el mar.
Se acrecentaron sus deseos y en un ataque de mal genio gritó: -¡Quiero bajar! ¡Quiero bajar!
Una estrella peleadora le dijo: -¿Para qué formas berrinche? Eres centinela de la noche y no puedes dejar tu puesto.
Al verla llorar lágrimas de plata, las nubes se pusieron de acuerdo. Ellas la comprendían, porque en sus viajes siempre admiraron la tierra.
-Te vamos a ayudar para que no se note tu ausencia -le dijeron-. Cada una de nosotras colgará sutiles gasas de neblina y entre todas formaremos un telón, que dejará la noche más oscura que boca de lobo.
-¿Qué es eso? -preguntó ingenuamente la luna.
El arco iris prestó su escala de siete colores, y la luna, con una capa negra, un aderezo de tules y una coronita de estrellas, como una reina, bajó orgullosa. La tierra le abría al fin sus brazos amorosos, sus lagos y sus abanicos de palmera.
La primera sensación que experimentó fue la de volar, de ser libre como un pájaro, hasta que sus pies tocaron unas agrestes colinas cubiertas de vegetación, entre las que cantaba el río Paraná.
Se volvió niña, fascinada por las flores y los perfumes. Al mirarse en las aguas, su cara redonda le pareció demasiado pálida entre los coloreados frutos. Hubiera querido ponerse trenzas y parecer una campesina.
-¿Dónde habrá niños? - se preguntaba, sin saber que era este un lugar tropical y muy desierto.
-Ven a nadar - la invitó el río con un murmullo de cascadas.
No se hizo de rogar la traviesa luna. Se despojó de su paca y tules y de su coronita de estrellas para sumergirse en las rumorosas aguas que se llenaron de reflejos. En el oleaje aparecía y desaparecía, cual un barco redondo y blanco, y era ella la que miraba el cielo, un tanto oscuro sin su presencia.
"Ahora -pensaba- que he probado los frutos y conozco eso verde que es el pasto, los helechos y el agua; ahora que he aquietado este deseo de tierra, podré volver a mi sitio y ser para siempre una luz lejana, que alumbre los caminos del mundo y las ventanas de sus casas. Pero, ¡qué bueno fue mirar desde abajo!"
Ni se acordaba del cielo y lo encontró lindo.
Con su falta de experiencia se olvidó del jaguar, el temible animal de la selva que en las noches busca siempre alguna víctima para calmar su feroz apetito. Agazapado entre los juncos, vio a la luna, le pareció una gran tortilla de maíz, un tanto cruda tal vez.
Cuando quiso abalanzarse a devorarla, el cuchillo de un diestro cazador terminó con su hambre y con su vida. Este hombre con su mujer e hija eran los únicos habitantes de la enmarañada selva; había construido una choza en un claro y hacía tiempo que andaba en busca de liquidar al jaguar que robaba sus animales domésticos.
-No temas, criatura -le dijo a la luna, que tiritaba de susto, sin saber aún de quien era esa redonda cara pálida-. Yo te llevaré a mi choza, en donde mi familia te atenderá. Generoso, como buen campesino, le cocinó la última tortilla de maíz que quedaba; pasarían muchos meses antes de la próxima cosecha. La luna, envuelta en una gran sábana, se sintió feliz y humana entre gente tan amable, hasta que oyó decir a la mujer de su salvador:
-¿Qué vamos a comer mañana? Se acabó el maíz.
Con un poco de pena se puso su capa de reina, sus gasas y su coronita maltrecha. Se decidió a partir para volver a tomar su puesto en el firmamento y de paso agradecer su ayuda a las nubes. Nadie se había percatado de su ausencia ni de su viaje a la tierra y el arco iris se afanaba guardando su escala.
La luna pensó: "¿qué puedo regalarle a esos campesinos que tan amablemente me acogieron? Algo que los ayude a vivir momentos felices, a olvidarse de la soledad y que los reponga de los duros trabajos que realizan".
Entonces, muy emocionada, dejó caer sus lágrimas de plata que, iluminando la choza de luz y reflejos, regaron los campos. Cuando al amanecer el buen hombre salió de la casa, arbustos desconocidos habían brotado por doquier. Entre el verde oscuro de las hojas asomaban blancas florecillas.
La mujer, de pura hambre, preparó una infusión con esta hierba nueva y al beberla se sintieron todos mucho mejor y con ánimo.
El arbusto cundió como maleza por todas partes, y el país se hizo famoso y rico por su hierba mate. Se dice que la hija del campesino fue la depositaria de este regalo, que jamás murió y que va por todas partes repartiendo este don de la luna.