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viernes, 11 de junio de 2010

martes, 18 de mayo de 2010

La gente podía volar


Esta historia era contada entre los esclavos afroamericanos, mucho tiempo antes de que alguien la escribiera.

Ellos afirmaban que esta gente podía volar. En África, hace mucho tiempo, algunos pronunciaban unas palabras mágicas que los hacía elevarse por los aires como cuervos, agitando sus negras alas.


Decían que cuando esta gente fue llevada en barcos como esclavos, tuvieron que replegar sus alas. En aquellas atestadas embarcaciones no había lugar para volar. Y decían también que cuando esta gente fue puesta en los campos,perdieron la libertad de desplegar sus alas. Ni siquiera podían imaginarse volando.

Pero no todos olvidaron las mágicas palabras. Una tarde el sol quemaba tanto, que parecía que les iba a chamuscar el cabello. Habían estado recogiendo algodón desde el amanecer, sin descansar. Sarah, una mujer joven que llevaba a su niño en la espalda, se estaba sintiendo tan agotada, que se desmayó.

“¡Vuelvan al trabajo! No hay tiempo para descansar”, gruñía el capataz.

Todos los demás esclavos pararon para mirarlo. Tambaleante, Sarah se incorporó con su niño en la espalda y comenzó a recoger de nuevo. Pero se cayó otra vez. El capataz le lanzó un latigazo, y Sarah se levantó por segunda vez. De entre las hileras de algodón surgió un anciano que se acercó a Sarah. Miró a ambos lados y luego le dijo algo al oído. Sarah miró en ambos sentidos y pasó el mensaje. El murmullo pasaba de esclavo a esclavo, tan suavemente como una brisa y el capataz nunca lo notó. Los esclavos seguían trabajando.

Pero en eso, el bebé de Sarah empezó a gemir y a llorar y ella se detuvo para calmarlo.El capataz cabalgó hacia ella y en el preciso momento en que iba a descargarle su látigo en la espalda, el anciano gritó esas palabras mágicas, que recordaba de mucho tiempo atrás.

Ante esas palabras, Sarah se empezó a elevar. Abrió los brazos; los sentía como si fuesen alas. Se elevó como un águila sobre el látigo del capataz.
Dando giros con su caballo, el capataz vociferó: “¿Quién gritó? ¿Qué dijo?” Todos los demás esclavos se mantenían callados y seguían trabajando, pero ellos sabían que Sarah había volado hacia la libertad.

El sol quemaba tanto, que otros empezaron a caer. Él iba a estrellar su látigo contra uno de los hombres, pero antes que le cayera, sonó otra vez el grito. El exhausto esclavo se elevó al aire. Entonces el capataz vio a una mujer sentada, hecha un ovillo y alzó su látigo para golpearla. Una vez más se escucharon aquellas palabras mágicas y la mujer levantó vuelo.

Cada vez que un esclavo caía desmayado por el calor, el capataz alzaba su látigo. Pero cada vez que lo hacía, el esclavo se elevaba por los aires. Fue entonces que el capataz vio al anciano, con la boca ya lista para gritar. “¡Agarren a ese viejo!” gritó el capataz, levantando el látigo.

El anciano miró al capataz directo a los ojos. “¡Ahora!” fue todo lo que dijo. Ante esa única palabra, toda la gente hizo una rueda y se tomó de las manos. Recitando las palabras mágicas, todos se elevaron lentamente, volando por encima de los campos, lejos del alcance del capataz.

Dicen que esos esclavos volaron de vuelta al África. Nosotros no lo sabemos, realmente. Pero sí recordamos y aún hoy contamos esta historia a todos aquellos que intentan, en sus corazones y en sus mentes, desplegar sus alas y volar.

jueves, 15 de abril de 2010

El arbol que hablaba


Había un lobo en la selva. Un día, cuando estaba afuera paseando, encontró a un árbol que tenía unas hojas que parecían caras de personas. Escuchó atentamente y pudo oír al árbol hablar.

El lobo se asustó y dijo:
-Hasta el día de hoy nunca me había encontrado con algo tan raro como un árbol hablante.

Tan pronto como hubo dicho estas palabras, alguna cosa que no pudo ver lo golpeó y lo dejó inconsciente. No sabía durante cuánto tiempo había estado allí tendido en el suelo, pero cuando despertó estaba demasiado asustado para hablar. Se levantó inmediatamente y empezó a correr.

El lobo estuvo pensando acerca de lo que le había ocurrido y se dio cuenta de que podía usar el árbol para su provecho. Se fue paseando de nuevo y se encontró a un antílope. Le contó lo del árbol que hablaba, pero el antílope no le creyó.



-Ven y lo verás tu mismo -dijo el lobo- pero cuando llegues delante del árbol asegúrate de decir estas palabras: "Hasta el día de hoy nunca me había encontrado con algo tan raro como un árbol hablante". Si no las dices, morirás.

El lobo y el antílope se acercaron hasta el árbol que hablaba. El antílope dijo:
-Has dicho la verdad, lobo, hasta el día de hoy nunca me había encontrado con algo tan raro como un árbol hablante.

Tan pronto como dijo esto alguna cosa lo golpeó y lo dejó inconsciente. El lobo cargó con él a su espalda y se lo llevó a casa para comérselo. "Este árbol que habla solucionará todos mis problemas", pensó el lobo. "Si soy inteligente nunca más volveré a pasar hambre."

Al día siguiente el lobo estaba paseando como de costumbre. Al cabo de un rato se encontró con una tortuga. Le contó la misma historia que le había contado al antílope, y la llevó hasta el lugar. La tortuga se sorprendió cuando vio al árbol hablante.

-No creía que esto fuera posible -dijo- hasta el día de hoy nunca me había encontrado con algo tan raro como un árbol hablante.
Inmediatamente fue golpeada por algo que no pudo ver y cayó inconsciente. El lobo la arrastró hasta su casa y la puso en una olla. Pensó en hacer una estupenda sopa.

El lobo estaba orgulloso de sí mismo. Después del antílope y la tortuga cazó un ave, un jabalí, y un ciervo.

Nunca antes había comido mejor. Siempre usaba la misma estrategia. Contaba a sus presas que debían decir que nunca antes habían visto a un árbol hablar y que si no lo decían morirían. Todos ellos hicieron lo que el lobo les dijo y todos ellos quedaron inconscientes. Luego el lobo cargaba con ellos hasta su casa. Era un plan perfecto, él lo creía simple e infalible, y agradecía a las estrellas el hecho de haber encontrado a ese árbol. Esperaba comer como un rey durante el resto de su vida.

Un día, que se sentía con algo de hambre, el lobo fue a pasear de nuevo. Esta vez se
encontró con una liebre. El lobo le dijo:

-Hermana liebre, he visto algo que tú no has visto desde el tiempo de tus antepasados.

-Hermano mayor, ¿qué puede ser? -preguntó la liebre.

-He visto un árbol que habla en la selva -dijo el lobo.

Contó la misma historia de siempre a la liebre y se ofreció para llevarla a ver ese árbol hablante. Fueron juntos hasta el lugar. Cuando se acercaban al árbol el lobo le dijo:

-No olvides lo que te he contado.

-¿Qué me contaste? -preguntó la liebre.

-Lo que debes decir cuando llegues junto al árbol, o si no , morirás -dijo el lobo.
-¡Oh!, sí -dijo la liebre-.

Y empezó a hablar con el árbol.

-¡Oh!, árbol, ¡oh!, árbol -dijo-. Eres un árbol precioso.
.No, esto no -dijo el lobo.

-Perdona -dijo la liebre. Entonces habló de nuevo-. Árbol, ¡oh!, árbol, nunca pensé que pudieras ser tan maravilloso.

-¡No, no! -dijo el lobo- no un árbol precioso, un árbol hablante. Te dije que tenías que decir que nunca habías visto antes a un árbol hablante.

Tan pronto como hubo dicho estas palabras, el lobo cayó inconsciente. La liebre se fue andando y mirando hacia el árbol y el lobo. Luego sonrió:

-Entonces, este era el plan del señor Lobo -dijo-. Se pensaba que este lugar era un comedero y yo su comida.

La liebre se marchó y contó a todos los animales de la selva el secreto del árbol que hablaba. El plan del lobo fue descubierto, y el árbol, sin herir a nadie, continuó hablando solo.

miércoles, 7 de abril de 2010

Las tres vacas

Cuenta la leyenda que había una vez tres vacas en la sabana.
Las vacas eran una blanca, una negra, y otra roja.
Las vacas se defendían entre ellas, puesto que eran muy amigas.

Un día un león muy astuto les dijo a las vacas de color negro y rojo:
-La vaca blanca es un peligro para vosotras, pues por la noche los cazadores la ven
mejor y pueden descubrir vuestra posición, entonces os mataran para comeros a las
tres. ¿Me la puedo comer yo?

Las vacas lo pensaron detenidamente y contestaron:
-Sí, te la puedes comer así nadie nos matará a nosotras.

Al cabo de dos semanas el león volvió a donde la vaca de color rojo y la dijo:
-La vaca de color negro es un peligro para ti, pues por el día los cazadores la pueden ver mejor y descubrir tu posición, entonces os mataran para comeros a las dos. ¿Me la puedo comer yo?

Después de pensarlo detenidamente la vaca de color rojo contesto:
-Sí, te la puedes comer así a mí no me matará nadie.
El león se comió a la vaca de color negro.


Días después el león se comió a la vaca de color rojo.



MORALEJA: No hay que desconfiar de los amigos, porque alguien te diga cosas malas de ellos.